Árboles deshojados

El viento sopla y despoja a los árboles de sus hojas. El otoño cae, cae, se vuelve inexorable, inevitable, dejando atrás al verano.
Él se detiene entonces y mira hacia al cielo, con las lágrimas escurriéndole por el rostro. Implora a los astros por su suerte y amenaza a Dios con el puño. Fugazmente un gesto amenazador se asoma por su rostro, pero pronto la expresión de abatimiento vuelve. Agacha la mirada, y al sentir correr nuevamente el viento frío cruza sus brazos, intentando abrigarse.
Es entonces cuando piensa que antes ella lo abrazaba; ella le entregaba todo lo que necesitaba. Ella era su abrigo. Cae en el llanto una vez más, permitiéndoselo pues se encontraba en la más completa soledad. Porque desde que ella se había ido, la soledad, como un monstruo trepador, se había envuelto en su vida.
Las hojas entonces siguieron cayendo una a una a sus pies; el silencio espectral era solo la música de fondo de la escena. Alzó la mirada nuevamente, los ojos hinchados por el dolor. Miró hacia delante y vio el camino extendiéndose bajo sus pies, todo rodeado de árboles casi desnudos. Volteó el rostro y entonces miró hacia atrás: todo lo que había dejado allá, su vida, sus sueños, sus ilusiones… y a ella. Cuánto la había amado, ¡con qué ímpetu su existencia se había volcado en ese amor y cómo le desgarraba saber que ya no había vuelta atrás!
Dio un par de pasos arrastrando los pies y al trastabillar, cayó de rodillas. Por instantes que parecieron años se mantuvo quieto, en silencio. Pero entonces, cuando el aullido del viento le tocó los cabellos, se abandonó al dolor y cubrió su rostro con ambas manos. Lloró, lloró amarga e inconteniblemente hasta que las estrellas se alzaron en el firmamento. Luego, al ver la luna, la misma luna que le recordaba al pálido rostro de ella, se puso de pie, y sacándose el cinturón, subió hasta un árbol próximo. Ató uno de los extremos a una rama que parecía firme, y el otro lo aseguró en su cuello. De su bolsillo entonces sacó la fotografía de una muchacha, una joven de rostro triste, y tras besar el papel, se lanzó al vacío.
Antes de que el alma le abandonara alcanzó a sentir el crujir de su cuello. Luego de eso ya nada fue dolor. Se había abandonado, había dejado atrás el cuerpo, que por tantos años lo había acompañado. Una ráfaga de viento entonces se llevó a su alma lejos, lejos, pero la foto de la muchacha cayó a sus pies. Luego de eso, la lluvia. El agua hizo escurrir la tinta, y hoy, tantos años después, ya nada se puede ver en ese papel.
Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s