Cartas de Amor

Aquella tarde salí de clases y caminé muy rápido a mi casa, porque tenía muchas cosas que hacer. No olvido aún que el cielo estaba despejado y claro, con jirones de nube desplazándose lentamente por el firmamento.
Caminé unas cuadras entre tiendas y vendedores ambulantes con la cabeza ensimismada en pensamientos aleatorios, mirando apenas a mi alrededor, cuando de pronto un vagabundo hurgando entre la basura llamó mi atención, desgarbado sobre el contenedor removiendo papeles y latas. Yo, que aún tenía el pan que había llevado para comer, me acerqué a el cautamente y le hablé.
Tome le dije, acercándole el pan. No tengo hambre, cómaselo usted.
El anciano me miró tristemente, con los ojos brillantes y una sonrisa amable.
—No se preocupe—me dijo—. No tengo hambre; ya comí.
Y tras ver que el hombre se daba la vuelta y seguía buscando desesperadamente algo que parecía no hallar, la curiosidad me venció y le pregunté:
—Disculpe, ¿qué busca entonces?
—Cartas —me dijo entonces, volteándose una vez más—. Cartas de amor.
(Escrito y publicado originalmente en noviembre del 2009)
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