Stardust

Me habían hablando de un tal Dios, pero yo, tan cercano al cielo, jamás pude verlo. Me dijeron que su inmensidad embarcaba todos los campos siderales en los que yo siempre viví, y aún así, tan peligrosamente tangible, nunca pude tocarlo. Decían aquellas voces que olía a polvo de estrellas, y mi olfato nunca pudo captar el aroma. Quizás mintieron aquellos que hablaron sobre el sabor a gloria que tenía el poder vislumbrar su mirada, ¡qué horrible mentira!

Perdido entre astros luché para encontrar el rumbo, para encontrarlo… no fue fácil. Primero tuve que cambiar, esa fue la primera parte. Después tuve que luchar contra cometas y agujeros negros… te aseguro que fue muy duro, ni mi espada forjada con acero de asteroides pudo resistir los embates. Entonces quise desistir en muchos puntos de mi travesía, pero me habían hablado tanto de él; tuve que seguir.

Finalmente llegué a la luna, donde me senté a mirar qué había. Me sentí tan, tan solo… nadie había como yo, nadie a mi lado. La luz de las estrellas me condenaba con sus rayos a una eterna soledad, y entonces esperé. Que espera mas maldita, llegué a odiarlos a todos.

Fue durante aquel eclipse de sol que logré vislumbrar el azul del mar, de un planeta cercano. Me sorprendió no haberlo visto, estaba al alcance de mi mano. Al principio nada me interesó demasiado de él, pero pronto te ví asomada en tu ventana, mirando directamente hacia mí… sin verme.

Y así pasaron los años, y seguí mirándote, siempre lejano, siempre anhelante.

Cambiaste, cambiaste mucho. De niña pasaste a mujer, te convertiste en toda una señorita. Y siempre distante, llegué a saber más de ti de lo que tú misma podías llegar a pensar. Te esperé tantos años, y nunca me viste. Constantemente alzabas la mirada hacia mí, pero tus ojos fulminantes me atravesaban como bengalas en el vacío. Y seguías mirando directamente hacía mí, pero aún sin verme.

Sentado esperándote en la luna, sentí que desfallecería de amor por ti. Entonces un buen día tomé un cometa y descendí. Hice trasbordo y abordé un meteorito, y caí en un impacto que hizo temblar la Tierra. Que duro fue, ¡oh! Y me había olvidado de Dios, y me había olvidado de mí, y me había olvidado de lo inmortal que era. Volviste mortal a mi corazón.

Nadie dijo que sería fácil encontrarte, nadie me lo dijo, y si me lo hubieran dicho… hubiera escapado hacia las estrellas apenas.

Se me cayeron las alas, se amputaron mis sentidos. Me sentí naufrago en una tierra desconocida, y a tientas tuve que buscarte.

En serio te lo digo, no fue fácil hallarte. Pasaron tantos, tantos años. La soledad me carcomió lentamente, ahondó tanto en mí… tantos, tantos años…

Cuando te encontré finalmente, tu piel se había ajado y ya estabas pedida para el cielo. Tu cabello se había vuelto blanco como la nieve, y tus manos temblorosas ya no eran capaces de sostener nada. Te vi entonces, y la luz de tus ojos me fulminó como el relámpago a la noche. Nunca lo olvidaré, porque aquel rayo dejó una profunda cicatriz en mi alma.

Y te fuiste, te fuiste, ascendiste entre pájaros y nubes, lentamente… te volviste polvo de estrellas, etérea, ascendiste inmaterial hacia los campos astrales, para siempre. Tanto esperé para descender, y tu tan rápido subiste, diáfana alma.

Pero no me arrepiento, hiciste de mi búsqueda algo fructuoso.

Porque olvidé que buscaba a Dios, pero finalmente lo encontré en tus ojos.

(Escrito y publicado originalmente en diciembre del 2009)

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