Capítulo 12

—¡Mentiraaa! —dije, nuevamente con la cara del gato impactado de whatsapp.
El español se paró y yo fui detrás de el. Con una última y triste mirada vi hacia a la pantalla y con un gesto de la mano me despedí del mijito rico de Tom Cruise.
Ya afuera el español me miró un momento antes de decir:
—Pepi, estará Javiera. ¿Estás segura de querer ir?
Y automáticamente se me vino a la cabeza ese pelo largo y rubio natural, pero con tintura encima y mal teñido, esa boca roja y prominente, esos ojos saltones y verdes de marrana reventada, con un kilo de rimel cada uno. Puta, qué desagradable presencia. Pero decidí ir, porque ahora era yo la que andaba maraqueando con el español, y no ella, y era mi deber de concubina marcar territorio.
—Sí, obvio —le dije entonces, y me subí a su auto.
Fuimos andando por las calles de Madrid y yo me sentía como en el video La auto radio canta, de Miguel Bosé. De hecho, mirando bien al españolcito, se parecía ene a Bosé, incluso en el tono de voz. Pero me ponía triste verlo con los ojos enrojecidos y callado. Seguramente quería mucho a Copita.
Decidí meterle un poco de conversa, para que no estuviera tan pa la cagá.
—¿Te has fijado en que no andan perros en la calle acá? —comenté— Cacha que allá en chile está lleno. Y ahora en fiestas patrias, siempre decomisan carritos de anticuchos que terminan siendo con carne de perro. Los anticuchos son son unos palitos con carne, cebolla y otras weás. Que triste final pa un perro terminar siendo anticucho.
Lo miré y noté que su mirada estaba peor de antes. ‘Chucha, parece que la cagué’ pensé. En el camino vi hasta una perrera, pero no quise hacer comentarios sobre eso. Dos cuadras mas allá nos bajamos.
Llegamos como en 20 minutos. Resulta que la chabacana andaba re lejos de su casa, y cuando llegamos, estaba sentada en la cuneta de la calle, llorando. Un poco más allá estaba Copita tirada.
El español se bajó corriendo y fue donde estaba Copita. Yo me quedé hundida en el asiento, con miedo igual. La última vez que había visto a la casquivana de la Javiera nos habíamos sacado la chucha y el Ibizo se había robado a la perrita. Seguramente si se hubiera quedado conmigo, no habría tenido tan trágico final.
El español se agachó al lado de Copita y por detrás pude ver cómo se movían sus hombros. Seguramente se había largado a llorar. Yo me acordé de mi gato, Facundo, al que apodé como Gatubelo para que mis amigos que leyeron la historia no me reconocieran (ahora da lo mismo, mis amigos ya saben quien soy). Me dio pena y lagrimeé un poco igual.
La alarma de alerta se encendió cuando la chabacana se paró y fue a agacharse al lado del español. Mis sentidos arácnidos me decían que tenía que hacer algo, así que me bajé y caminé piolamente hacia allá. Me sentía fuera de lugar igual, mal que mal, Copita había sido su perra y ellos habían sido pareja muchos años. Quizá debía tomar un taxi e irme a mi depto.
El español se paró y la chabacana lo abrazó. Y se abrazaron y me picaban las manos por ir a separarlos, pero no hice nada. Y los volví a mirar y los ojos de la chabacana me fulminaron, me miraba con verdadero odio mientras abrazaba al español. Decidí no seguir mirando. Saqué el moto g que me había comprado hace poco y le mandé un whatsapp al Ibizo.
“Murió Copita. La chabacana y el español están abrazados. ¿Me voy o me quedo?”
A los dos minutos sentí la vibración del teléfono.
“Nooo, pero cómo murió? No se te ocurra irte. Quédate ahí y demuestra quién manda. Sé más perra que ella. Luego me cuentas qué pasa, que estoy con Luis.”
“¿Quién chucha es Luis?”
“El rubio de hace unos días, ¿te acuerdas?”
Ibizo culiao lacho. Volví a mirar y ya se habían separado. Algo le dijo el español a la chabacana y luego se acercó a mi.
—Iré a comprar algo para poner a Copito al negocio que está ahí —apuntó con la barbilla un local—. Cuídame el coche, ¿vale?
Me quedé ahí parada esperando que la chabacana mantuviera su distancia, pero igual se acercó a mi y yo supe que se iba a armar la mocha. Su metro setenta y seis podía ser super effective contra mi, pero mi poder roedor era impresionante. Literalmente, mis dientes chuecos podían causar una mordida realmente dañina.
—¿Que mierda estay haciendo acá? —me dijo—. Ándate weona, para de dar pena. Estay sobrando.
—Chucha que se te olvidó rápido el acento español —le dije, aunque igual le encontraba algo de razón. Sobraba ahí.
—¿Por qué viniste a meterte acá?
—Porque estaba en el cine con el español cuando tú nos cagaste la onda.
La chabacana abrió la boca en una mueca de terror absoluto.
—¡Mentira!
Me encogí de hombros, demostrándole que me importaba poco si no me creía. Salí caminando para alejarme un poco de ella y no me siguió. Supongo que el impacto era demasiado grande y estaba asimilando que mi cara de Denver el dinosaurio había triunfado sobre su cuerpo huesudo y mechas rubias… o eso quería creer yo.
—¿Pepi?
Me di vuelta y era la Mexicana, mi compañera de taller.
—¡Bueeena Mexicana! ¿Qué estay haciendo acá?
—Ps vine a buscar a mi novio a su trabajo —el tipo que iba con ella me sonrió—. ¿Tú qué haces?
—Nah, vine a acompañar al español del que te he hablado. Su ex trajo a pasear a la perrita acá y la atropellaron.
La Mexicana y su pololo se miraron y caché que algo raro pasaba. ¿Por qué, oh Dios mío, me has dado toda una vida de weás raras?
—Ya, no soy weona —dije—, sé que algo pasa. Qué onda.
Se miraron de nuevo pero finalmente el pololo de la mexicana fue el que habló.
—Ella vino hace mas o menos una hora a la perrera —apuntó con la mirada la perrera que yo había visto cuando venía en el auto con el español—. Traía a la perrita porque se había quedado esperando cachorros, y no la podía tener. Pero la perrita se le escapó y ya ves en qué terminó todo.
—Nooo, me estay webiando! Chabacana culiáaaaaa!
Anuncios