Capítulo 13

Me di vuelta y la chabacana estaba parada al lado del auto, mirándonos. Demás que cachó al pololo de la mexicana, porque puso una cara más rara que pescado con hombros y se quedó quieta con la mirada fija en un punto entre el auto y la calle.
Miré al pololo de la mexicana y con un movimiento de los ojos le pedí que me acompañara donde la Javiera, a enfrentarla, pero se hizo el weón, así que se lo pedí con claridad.
—Oye… ¿me acompañas? Necesito aclarar frente a ella y al español lo que pasó con Copita…
El veterinario miró a la mexicana y se puso colorado.
—Este… verás, yo no quiero meterme en líos ajenos. Y ahora tenemos prisa… si nos disculpas…
Tomó a la mexicana de la mano, la que me miró, se encogió de hombros y ambos salieron caminando por la vereda.
La chabacana me observaba. Yo sabía que ella sabía lo que yo ahora sabía. La miré con una mirada de mortal kombat, entornando los ojos. No me iba a dejar intimidar de nuevo por ella, así que me acerqué peligrosamente.
—¿Por qué chucha viniste a botar a Copita? ¿No podiai simplemente devolvérsela al español?
—¿Qué? —dijo, poniendo cara de ofendida— ¿Cómo se te ocurre que yo iba a hacer eso? ¡Qué manera de inventar cosas para dejarme mal!
—¡El veterinario me lo dijo, para de mentir!
En eso llegó el español. Tenía los ojos tristemente rojos de haber estado llorando, y traía entre sus manos una bolsa negra de basura. Se me revolvió la guata de solo pensar en Copita.
—Ya se están peleando otra vez…
—Español, esta weona-
—¡Déjame tranquila! —me interrumpió la chabacana, gritando así atacada. Se llevó las manos a la cara y se echó a llorar al piso.
—Esta mina fue a la perrera de ahí —apunté con la cabeza— a botar a Copita, porque estaba preñada. Copita se le escapó y la atropellaron.
Al escuchar mis palabras la Javiera no dijo nada, solo empezó a sollozar más y más fuerte. El español se quedó estupefacto y me dio cuco su expresión. Pensé, ‘puta la weá, por hocicona dejé la cagá’, y me arrepentí porque me dio pena la chabacana.
—¿Es cierto lo que dice Pepa, Javiera? —dijo el español, dirigiéndose a la casquivana.
Conchesumadre, me dijo Pepa. Esta weá es seria. Va a quedar la cagá.
La chabacana nos miró hacia arriba desde el suelo, como una rata miserable y el rimel negro escurriéndole por la cara. Me dieron ganas de darle una patada pero me contuve.
—No podía seguir teniéndola —soltó, dirigiéndose al español, mientras sollozaba atacada—. ¡Tu sabes que estoy sola acá, no tengo a nadie, no tengo trabajo! Me van a echar de la casa por no pagar el arriendo, ¡y no podía tener a Copita y a los perros que iba a tener!
—Yo sé lo que es estar sola y nunca he abandonado a una mascota —solté, con rabia—. Tu mejor que nadie sabís eso Javiera.
El español, en cambio, se sintió mal. Se agachó y se sentó junto a ella y le pasó su brazo sobre el hombro. Casi me dio un ataque.
—Debiste decirme que no podías tenerla —le dijo el español, intentando consolarla—. Pero ya está hecho y no hace falta que te sigas culpando. Nos llevaremos a Copita y la enterraremos en un lugar bonito.

Nos paramos y subimos al auto. Yo me senté adelante, al lado del español, y la chabacana iba atrás. Disfruté mirarla por el espejo y encontrarme con sus ojos de araña iracundos. Supuse que todo era un show… o quizá no. Igual me daba pena. Yo sabía lo que se sentía estar sola en el mundo y no contar con nadie.
Al final llegamos a un parque bien lindo que resultó ser un cementerio para mascotas. Parece que en europa son más rigurosos con eso y no se puede enterrar al perro en cualquier lado, no estoy segura, pero sepultamos a Copita (al fin el español le decía Copita) y el español pagó como un chilión de euros.
Después salimos caminando. Llegamos al auto y la chabacana agarró al español de un brazo y lo llevó aparte.
—Necesito hablar contigo.
—¿Qué pasa, Javiera?
—¿Puede ser sin que esté esta mina escuchando? —me miró feo.
—Javiera, lo que sea que tengas que decirme, me lo dices delante de Pepi —soltó el español, endurenciendo la voz.
La mina se picó y abrió la boca como para replicar, pero se calló.
—Verás, esto me da vergüenza, en serio —empezó a sollozar de nuevo—. Pero tú me trajiste a este país y no tengo donde vivir… necesito volver a vivir contigo. ¡No puedo quedarme en la calle!
Quedé pal pico. ¿Cómo podía haber gente tan barsa en este mundo?
—¡Erís muy barsa weona! —le grité, más enojada que King Kong cuando cachó que la rubia era teñida— ¡Trabaja, weona floja!
—¡Por qué tenís que meterte en todo! —me gritó, furiosa— ¡Erís metida y fea, weona, métete en tus cosas! ¡O ándate!
—¿No has pensado en devolverte a chile, ponte tú, pa dejar de dar pena acá? —le grité. Estábamos peligrosamente cerca— O en volá vay a estar mejor en camboya, con tus amigas las camboyanas.
Fue cosa de un segundo. Sentí las uñas de la chabacana enterradas en mi cara y lo demás fue todo mucho dolor. El español la pescó y la tiró hacia atrás, y eso sirvió para separarnos pero también para que sus uñas se arrastraran por mi carne. Dejó un caminito de sangre y me corrían las lágrimas del dolor.
—Javiera, estás loca, completamente loca —le dijo el español—. No te quiero ver más, no me importa lo que pase contigo.
Yo escuchaba apenas, porque me dolía mucho. Lo último que faltaba; fea y con cicatrices en la cara. Me imaginaba al Malo, el personaje de Daniel Muñoz… imaginaba mi futuro así. Todo el resto de mi vida como El Malo.
—¡No podís dejarme weón! ¿Querís que viva en la calle?
—Javiera, lo siento mucho, no es mi problema… —el español me tomó del brazo y me condujo al auto. Yo seguía llorando, tenía las manos llenas de sangre. Siempre me pasan weás.
—No puedo creer que te estís yendo con esa weona fea… es fea, ¿te volviste ciego o qué? Es fea, se viste pésimo, es poco femenina ¿no te da vergüenza?
El español se detuvo a medio camino de la puerta del auto. Yo seguía lagrimeando con toda mi chasca tapando mi cara. Lo que me preocupaba eran las cicatrices que me quedarían, aunque no sentía dolor. No quería quedar como El Malo.
El español se dio vuelta como en una película gringa.
—No me importa lo que digas, o que pienses, o cómo se vea. Amo a Pepi, Javiera. Perdóname eso.
La Javiera no lo podía creer. Quedó con todo su hocico rojo abierto y los ojos saltones ya se le salían de las órbitas. Yo me senté en el asiento del copiloto rogando para que el español le metiera chala al auto luego, porque el dolor empezaba a aflora y sentía mi cara ardiendo. Quizá cuántas enfermedades infectocontagiosas tenía la casquivana en sus uñas.
El español se acomodó en su asiento y encendió el auto. La casquivana reaccionó y se colgó de la ventana.
—Pepa —dijo, dirigiéndose a mí—, ¿te cuento algo del español?
El español a mi lado se puso pálido.
—¿Le contaste ya? Yo creo que no, porque si le hubieras contado no estaría ahí sentada contigo —soltó de nuevo la chabacana.
—¿Qué onda?
El español le metió chala al auto y salimos rajados como en dos segundos, pero así pal pico. Algo gritó la chabacana y no alcancé a escuchar. El español se quedó callado y seguía igual de pálido. Le tiritaban las manos y me dio miedo que chocáramos, pero no me atreví a preguntar nada más por un rato, hasta que ya no pude aguantar.
—¿De qué hablaba esa mina?
—Nada —soltó el español, tajante—. No la volveremos a ver nunca más, Pepi.
Me alegré pero después analicé la frase en mi cabeza. Sonaba como de los Corleone… ‘no la volveremos a ver nunca más, Pepi’.

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