Capítulo 14

Seguimos andando como a 100 kilómetros por hora en calles urbanas. El dolor de mi cara se iba y volvía como un yo-yo y a eso se le sumaba el miedo de que nos echáramos a algún peatón, la tristeza por copita, el día perfecto que había sido estrepitosamente arruinado y sobre todo, la intriga por saber qué chucha quería decir la chabacana.

Doblamos por una calle y yo juraba que íbamos a alguna clínica. Me dolía la cara de nuevo y el español seguía pálido, con los nudillos blancos de apretar tan fuerte el manubrio del auto. ¿Qué sería lo que había querido decir la chabacana? Se me pasaron mil weás por la mente. No tenía que ser algo tan espantoso, por algo la chabacana lo había soportado años… o quizá simplemente era un invento de la peuca esa. Pero por la forma en que iba el español, así pal pico, supuse que algo raro había.

Y su frase final, fue muy extraña. ¿Acaso pensaba matar a la chabacana? Ni cagando. El español definitivamente no era de esos weones raros. Miré de reojo nuevamente su cara perfecta y noté que se había relajado un poquito. Y entonces, recordé con toda la intensidad una frase que mi abuela solía decir: “Los tipos lindos son la perdición”. ¿Sería acaso el español una especie de perdición?

Oh, y de pronto me llegó… ¡me amaba! “amo a Pepi, Javiera”. Me puse roja y no fue por la sangre de mi cara. Después de tantos años, al fin, al fin las cosas empezaban a brillar para mí. Decidí entonces que no me importaba lo que la chabacana dijera. Nada podía ser tan espantoso. Aunque me quedaba poquito tiempo en España, disfrutaría esos días a full y después veríamos qué haríamos.

El español empezó a meterse por calles conocidas y caché que no me llevaba a la clínica. Cuando se estacionó frente a mi viejo y roñoso edificio caché que me había llevado de vuelta a mi casa.

—Pepi, lo siento mucho, de veras —me dijo el español, mirándome con ojos suplicantes —. Sé que debería llevarte con un médico, pero tengo un asunto urgentísimo que resolver ahora mismo. ¿Puedes llamar, a ese amigo tuyo, para que te acompañe?

—Eh… no sé —declaré, confusa. No entendía qué podía ser más importante que mi cara guarena rasguñada con uñas llenas de gonorrea.

—Dame su número.

—¿What?

—Dame su número, que yo le marco —repitió el español.

No sé por qué pero fue como si me dieran una orden y la cumplí inmediatamente. Le di el número del móvil del Ibizo y el español lo marcó.

El Ibizo contestó y habló un par de minutos con el español, mientras yo pensaba que esa era la escena más rara del universo. El español le hablaba firme y claro y eso me parecía lo más sensual de la galaxia… pero después me parecía bien gay, ya que el interlocutor era Ibizo.

—Y bien, Ibizo pasará por ti dentro de nada —declaró el español mientras guardaba el móvil en su bolsillo.

—¿Y por qué no me acompañai tú? ¿Qué es lo tan urgente?

El español meditó antes de responder.

—Después te cuento, Pepa. Hay asuntos que no puedo aplazar más.

Me encogí de hombros y abrí la puerta del auto, para bajarme cual rata miserable. En eso, el español va y me agarra el hombro.

—Ten, para que no tengas problemas con el médico —y me encajó un fajo de billetes en la mano.

—Oye no, no es necesario, la dura, ¡tanta plata! ¿Erís mafioso acaso?

El español se rió con una sonrisa sincera pero no hizo comentarios al respecto.

—Cuídate Pepi, te llamaré para saber como vas. Y perdón.

Le metió chala al auto y yo caminé a sentarme al pasto para esperar al Ibizo. La cara me dolía menos que la intriga y la duda. Cuando mi poto estuvo bien cómodo, muy piolamente conté los billetes, no fuera que anduvieran los del Cirque du Soleil por ahí cerca.

¡Oh, conchesumadre, eran cien euros enteritos! Pero había algo raro en esos euros. Me miré las manos y sobre la sangre había quedado una estela blanquecina. Tomé un billete y lo examiné más de cerca, soplándolo un poco. Eso era muy raro. Los billetes de entre el fajo estaban intactos, pero los de los extremos estaban sucios.

Después de unos quince minutos llegó el Ibizo con su amigo rubio oxigenado, el mismo del pub. Andaba vestido con unos short plateados y una polera musculosa blanca ajustadísima. Me saludó muy contento y el Ibizo me preguntó qué onda. Le expliqué en resumidas cuentas lo que había pasado, pero la duda que tenía era más tremendamente importante que quedar como la weona del comercial de Cicatricure y no me aguanté más y lo solté todo con el Blondie (así lo bauticé) y todo presenciando.

—Cacha Ibizo, el español se rajó con cien euros —le mostré el fajo.

—Joder, tiene pasta el tío. Dile que me recomiende en su joyería, que no me vendrían mal unos cuantos euros.

—Pero mira —le acerqué uno de los billetes sucios —. Tiene un polvo culiao blanco. Estoy pensando que vende droga. ¿Será cocaína esta weá?

El Ibizo tomó el billete, lo olió y con la cara hizo una mueca de no saber qué mierda era aquello.

—Ay chicos, yo sé todo sobre drogas —dijo Blondie con la voz más full gay que había escuchado en mi vida. Pescó el billete que tenía el Ibizo en la mano y con toda la asquerosidad de la vida fue y lo lamió. A esa altura yo ya estaba medio convencida de que la weá era cocaína y el español era narco —. Coño, qué asco —se limpió la lengua con la mano.

—¿Es coca? —pregunté, más nerviosa que Frodo en Joyas Barón.

—No no, qué va —dijo Blondie —. Es yeso.
Y ahí me alivié pero a la vez quedé pa la cagá. ¿Por qué chucha el español me pasaría un fajo de billetes cubierto con polvillo de yeso?

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