Capítulo 16

Quedé impaktada mirándolo un rato. Le corría la baba y dormía con el hocico abierto. Levanté la frazada y suspiré con –un poco de– alivio al cachar que los dos estábamos con ropa, aunque no estoy segura de que mis atuendos camboyaniles cuentan como vestimenta.
Me desesperaba que no se moviera el weón patúo. Tenía el tufo más hediondo que patas de mormón en horario punta y su baba escurriendo por mi almohada no era una weá muy higiénica que yo quisiera ver.
Muy piolamente me levanté y fui al baño a tomar agua. Estaba más seca que empaná de talco. Después de dos minutos con el hocico pegado a la llave, llene un vasito que tengo para enjuagarme los dientes, me acerqué a mi cama y le tiré unas gotitas de agua en la cara al Zorrón. No despertó. Un chorrito. No despertó. Dos chorritos. No despertó. El vaso entero en la cabeza. Despertó de salto.
—¡Oye pero qué weá te pasa!
—¿Por qué amaneciste en mi cama al lado mío? —blandí el vasito con gesto amenazador. Todavía le quedaba un poco de agua (y todas las bacterias acumuladas directamente de mi boca).
—¿Y qué chucha se yo? —Zorrón furioso.
—Ah no sé po, desperté y estabai al lado mío, sospechosa la weá.
Zorrón cerró los ojos con fuerza.
—¿Podís dejar de gritar? Me retumba la cabeza con tus chillidos.
—¡Ya po dime!
—Qué weá te pasa oh, qué hacís tú acá, si cuando yo me acosté no había nadie.
Suspiré con alivio. Al parecer, no pasó nada con el Zorrón en la noche. Simplemente me teletransporté como rata y amanecí como rata.
—Ni que fuerai rica que venís a pasarte rollos, weona fea —agregó el Zorrón.
La mezcla del copete de la noche anterior, de haber dormido como el culo, de ser consciente de que mi pasaporte estaba tirado por todos lados en forma de challa, sumado al detonante de las palabras ‘ni que fuerai rica weona fea’ me hicieron sobre reaccionar.
Mi fuerza de Hulk afloró y pesqué al Zorrón culiao del cuello de la polera y lo hice levantarse a la fuerza.
—¿Qué te creís, weón feo y mala clase? Mírate tu cara culiá de marmota y esa guata de cebo y después me criticai. ¡Ándate de mi departamento!
—Me voy po, me voy, pero deja tomar agua primero…
Lo saqué a puras patás en la raja que me dolieron más a mí que a él. Tenía los dedos hechos pico llenos de costras y no me había dado cuenta de lo mucho que me dolían.
Me lo llevé a puros empujones y chuchás a la puerta mientras me gritaba frases como “pero deja sacar mis zapatos po” o “porque soy hombre no te agarro de los bigotes y te saco la cresta”. Los demás despertaron de a poco sin cachar mucho, pero igual eché al weón y cerré de un portazo. Después empezó a gritar hacia el balcón, así que pesqué sus zapatos y se los tiré por la ventana a la calle.
—¿Pero qué coño? —preguntó el Ibizo, bostezando, con los ojos pegados en legañas.
—¿De dónde sacaron a ese saco de weas? —le pregunté a la Mexicana.
—Este… lo encontramos unos minutos antes de que nos juntáramos. Lo invité porque era chileno como tú, y pues como venías sola…
Me sentí patética al escuchar “venías sola”.

Hice desayuno con toda la caña del mundo y con toda la cara de culo también. ¿Qué se creía el zorrón culiao de venir a tratarme de fea? Igual reaccioné mal, pero puta, me dio lata. Me bajoneé heavy. Sí, era fea, y el español lo había notado, por eso se fue, y me pasó un fajo de billetes pa que no lo webeara nunca más y fuera feliz. En volá me seguiría pasando fajos como una indirecta pa que me opere el caracho. Por eso no me había llamado.

Después del desayuno recogí los pedacitos del pasaporte y mi carnet. Pensaba que quizá podría pegarlos o algo así. Me tenía que ir a chile el 30 de septiembre, iba a perder los pasajes, el vuelo, la dignidá. ¿Qué chucha iba a hacer?
Nos dio paja ordenar el depto, así que me fui a bañar. La Mexicana y el Vet se fueron, Blondie se fue todo hediondo a su pega de pizzero y el Ibizo se quedó.
—Manso show que nos mandamos anoche —le dije, tratando de hablar de algo y dejar de pensar en mi fealdad.
—Lo siento Pepi, no sé qué me pasó.
—Eso se llama estar curao.
Nos quedamos tirados en el sillón y me volví a quedar dormida. Tuve sueños con dinosaurios. Siempre sueño con dinosaurios y siempre me pregunto si eso será normal. ¿Las demás personas también soñarán con dinosaurios?
Desperté sobresaltada por unos golpes en la puerta. Pensé que era el Zorrón aweonao, pero en el fondo de mi grasiento corazón pensé también que podía ser el español.
En dos segundos pasé frente al espejo, me tiré un escupito piola y me aplasté un poco la chasca. Tragué aire antes de abrir la puerta y sonreí mostrando mis hermosos frenillos marca Acme.
—Hola, ¿cómo va? —Me saludó la dueña del depto, con un beso en la mejilla.
Sin que yo la invitara a pasar se coló dentro y supongo que quedó impaktada al ver la semejante cagá que tenía. Sus muebles desordenados, todo sucio y para coronar la escena, un weón tirado en su precioso sofá.
Su cara amable se torció en una mueca y me miró.
—Linda, vengo a recordarte que en tres días vence el contrato. Necesito que desocupes el apartamento.
OH MY GOD, TRES DÍAS. ¡Lo había olvidado así pal pico!
—Sí, justito de eso le quería hablar —le dije, bajándome un poco la minifalda, que parecía cinturón—. Pasa que tuve un problema, perdí el pasaporte, y quizá los trámites se demoren un poquito… le pago los días extra obviamente.
—No no no no, nada de días extra, ya tengo nuevo inquilino y necesito el apartamento. Espero que lo entregues algo más limpio de lo que está ahora. Vendré el 30 por la mañana a ver que todo esté en orden. Ya sabes que si falta algo, lo pagas —se había puesto pesá y con toda la razón del mundo.
Después de eso se despidió y se fue.
El Ibizo había despertado y estaba sentado en la orilla del sillón. Parece que no había cachao ná y me daba pajita explicarle que me iban a echar cagando a la calle en unos días más. En vez de eso, preferí teorizar sobre los billetes con yeso del español.
—No tiene la pinta de un narcotraficante, pero puede ser —observó el Ibizo.
Sorteamos muchas teorías que iban desde maestro yesero hasta mafioso, pero ninguna me convencía. Además, ¿por qué se había ido así tan rápido? Lo más probable era que no pasara nada raro y solo me pasaba rollos. Yo lo conocía y lo conocía bien. Años de chatear con él. Meses de hablar con él en persona. Estaba segurísima de que era correcto e intachable, un poco weón como todos los hombres, pero bueno al fin y al cabo.
Después de esos pensamientos el bajón por tener que irme volvió. Tenía que volar a argentina en diciembre y no podía quedarme estancada en la Madre Patria. No me quedó otra que desahogarme con el Ibizo.
—Pero qué tonta eres —me dijo riéndose.
—¿Por qué tonta? —me piqué.
—Porque es obvio —respondió, aún riéndose—. Te vienes a vivir conmigo y ya.
—¿Es en serio?
—En serio, cómo voy a joder con eso. Es más, hoy mismo te vienes a mi casa—Y se paró y se puso a ordenar.

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