Capítulo 20

Mi corazón dio un brinco contra mi voluntad. Quería estar enojada y que no me importara su mensaje, pero no pude evitar emocionarme y sentir una culpable satisfacción en el fondo de mi corazón.

«Ya no vivo ahí»

No quería darle mas detalles para dejarlo intrigado. Me alegraba que aún quisiera saber de mi existencia, pero estuvo dos semanas sin hablarme. ¿Qué se creía? ¿Qué yo era cualquier cosa?

Y después recordé que no éramos pololos, que en realidad éramos nada. No tenía derecho a hacer show por haber desaparecido. “Pero su ‘te amo’ te lo da”, pesó otra parte de mí.

«¿Dónde estás? Necesito verte»

«¿Después de dos semanas? No gracias. Ya era. Cuídate y que estés muy bien.»

Me encantaba terminar mis whatsapp melodramáticos con una despedida trágica.

«Todo tiene una explicación… déjame contarte, por favor. Dime dónde estás y voy»

Merecía sufrir un poco.

«Volví a chile.»

«¿Y desde chile usas un número móvil de España?»

¡Puta que soy weona!

«Vamos, dime dónde estás… por favor»

Decidí que era mejor verlo para cortar todo ahí así que le di una dirección aproximada. Le pedí que nos juntáramos en la esquina. Era re tarde y la gente iba a pensar que yo andaba revoleando la cartera, pero no me importó. Quería desesperadamente saber qué onda el Español y decirle, además, unas cuantas verdades.

Me quedé en la cama ensayando y repasando punto por punto lo que le diría. Pensaba que podía decirle algo así como “mira, sabes, solo te dije donde estoy para decirte a la cara que no quiero saber más de ti” o “erís muy patúo como para venir a aparecerte como si nada”, pero ninguna frase me convencía. En realidad tampoco estaba segura de querer mandarle a la mierda.

Pasó como una hora y me mandó un mensaje avisándome que había llegado. La noche estaba muy fría así que me puse una chaqueta y salí silenciosa para no despertar al Ibizo, que seguramente estaba durmiendo.

Mientras caminaba hacia la esquina decidí que empezaría mi discurso con un “mira Español culiao”. Un shock de violencia siempre era efectivo contra los hombres rata.

Vi su auto estacionado en la esquina y a él de pie al lado de la puerta. Me apuré un poco y sentía mi corazón desbocado de los nervios. Cuando estuve cerca pude ver que su sonrisa blanca relucía bajo una mirada alegre. Me dio la impresión de que estaba más delgado.

—Mira Español cu-

Me abrazó y me plantó un beso que no me dejó terminar la frase. Me dio wea porque se me olvidó lavarme los dientes, porque tenía frenillos, porque se me iban a caer los lentes… pero después mandé a la mierda todo y lo abracé y se lo respondí con más alegría que otaku con chapita nueva.

Cuando me soltó me costó volver a situarme en algún punto del universo. Por esos instantes me había sentido etérea y despegarme de él era como volver a ser mortal (AY que cursi).

—Sé que me quieres cagar a hostias —dijo entonces, tomándome por los hombros—, me las merezco, lo sé. No te llamé, desaparecí, pero todo fue por cuidarte. Hay mucho que tenemos que hablar, y te pido que me dejes ir despacio, por favor, y que confíes en mí. Me alegro mucho de que aún estés acá. Creí que te ibas a fin de mes y temí haber vuelto muy tarde.

—¿Por qué te fuiste dos semanas? ¿Por qué no me llamaste?

—Estuve en Barcelona —respondió—. Tenía asuntos urgentes que atender.

—¿Tan urgentes?

—Muy urgentes.

—¿Por qué no me llamaste?

—No quería preocuparte. Todo tiene una explicación.

—¿Por qué a Barcelona?

Dudó.

—Por el asunto de la independencia de Cataluña.

—¿Qué tienes que ver tú con eso?

—Pepa, vale, te contaré todo, ¿si? Pero vamos a dar un paseo. ¿Estás cansada?

—No, pero…

—Anda, sube al coche.

Se subió y me subí como las ratas hipnotizadas del flautista de Hamelin.

—¿Tienes otra familia? —le pregunté de la nada, mientras echaba a andar el auto.

—¿Qué? —su expresión fue de absoluto desconcierto.

—Eres raro.

—Tú eres más rara aún, pero eso no es malo. Y no, no tengo otra familia. ¿Por qué preguntas eso?

—¿Eres casado? ¿Eres narcotraficante? ¿Eres gay?

—¿Me estás jodiendo? —se quedó con la mano pegada en la llave del auto mientras me miraba.

—No sé po Español, dime tú. Dos semanas sin hablar, apareces de la nada, no sé donde cresta estabas, no sé qué chucha hacías, la chabacana desapareció al mismo tiempo que tú… siento que me tienes pal webeo, y yo no estoy pal webeo de nadie. Me dijiste que me amas y te vas. No te imaginas como me sentí, me sentí mal, muy mal, y en realidad no sé por qué chucha me subí al auto. Esto no tiene ningún sentido.

—Vamos a un mejor lugar, que no sea este coche. Responderé tus preguntas. Y te adelanto que no soy casado, no soy gay ni soy narco.

Me alivié un poco, pero solo un poco.

—Ya, pero si no las respondes, te olvidas de mi existencia. Es en serio —le dije con una expresión implacable.

—Vale.

Arrancó el auto y mentalmente empecé a tomar nota de todo lo que quería preguntarle. Tenía muchas dudas e incertidumbre sobre el futuro. ¿En mi futuro iba a estar el Español o no?

Fuimos por las calles llenas de vida de la noche madrileña. Por todos lados había gente y todo estaba tan iluminado y encendido. El Español encendió la radio y empezó a preguntarme qué había hecho estas dos semanas. Le conté que hice un carrete piola en mi departamento y que sin querer había roto mi pasaporte y que por eso no pude irme. Pensé que querría entrar en detalles, pero no lo hizo. Le conté que estaba viviendo con Ibizo y que aún no iba a la embajada a renovar los papeles, de pura flojera.

Se mordió los labios cuando le dije que vivía con Ibizo, pero no hizo comentarios al respecto. Siguió manejando su Volvo negro y yo seguí mirando su bien perfilada cara.

Al final llegamos a Alameda de Osuna, que queda al lado del barrio de Barajas. Estacionó el auto y justo empezó a sonar en la radio Mi Marciana de Alejandro Sanz.

—Espera, amo esta canción, deja escucharla.

—¿Te gusta? —sonrió.

—Sí, ¿por qué?

—Ven, te mostraré una versión mejorada.

Me tomó de la mano y me llevó caminando a un parque, que se llama Jardín del Capricho (yo pensaba que me iba a llevar a un bar para escuchar algún cover de Alejandro Sanz). Había gente a pesar de la hora y estaba bien iluminado. Era hermoso, con una laguna y mucho pasto, árboles y unos puentes salidos de libros de cuentos.

Nos tiramos bajo un árbol y me cagué de frío porque el pasto estaba un poco húmedo, aunque no hice comentarios al respecto. El Español me quedó mirando y sus ojos claros me fulminaron como bengalas. Había un poco de viento que solo servía para mecer sus mechas de pelo claro y tenía una camisa tan linda y planchadita pero tan delgada que me daba más frío de solo mirarlo.

«Te juro que es verte la cara

Y mi alma se enciende.»

El Español ahí sentado en el pasto empezó a cantar y no me lo esperaba. Yo pensé que iba a sacar su celular e iba a poner una versión de Daft Punk o algo así. Eso para mí era una vesión mejorada de Mi Marciana.

«Tienes la risa mas fresca

De todas las fuentes»

Casi me desmayé. Esa era la situación más hermosa de toda mi existencia. Definitivamente esa era una buena versión mejorada.

«Hueles a hierba y me sabes a tinta y borrones»

En realidad uso el J’ Adore de Dior pero qué más daba en ese momento.

« Tienes verdades, abrazos que abarcan ciudades»

¿Eso de abrazos que abarcan ciudades habrá sido un palo para decirme que estoy gorda?

«Tienes un beso de arroz y de leche en el valle»

Chucha, se dio cuenta de que no me había lavado los dientes.

«Y dices que vienes de Chile y vas a regresar

Vamos que te irás»

Me tengo que ir po, no queda de otra.

«A veces parece que te hayas marchado ya»

Esa frase la dijo con una nostalgia inexplicable.

«Mi hembra, mi dama valiente se peina

La trenza como las sirenas»

Sirena de sanjón eso si po.

«Y rema en la arena si quiere»

Me acordé de cuando era chica y varé como una foca en la playa. Ahí sí que remaba en la arena.

«Y creo que tu confusión te la quito en un baile»

Me tomó de la mano y me puso de pie. Me agarró por la seudo cintura y empezamos a bailar sobre el pasto, con las luces de los faroles cayendo sobre nuestras cabezas y uno que otro curioso mirándonos. Yo pensaba que iba a implotar, o quizá a explotar, y deseé que ese momento no se acabara jamás. El amor que estaba escondido y tapado con cartones en mi corazón, revivió de pronto con una intensidad espacial. Me sentí como si cada célula de mi cuerpo estuviera hecha de pura felicidad.

Y entonces para coronar, me susurró al oído.

«Tú a mí me gustas tal como eres

Si a ti te pasa lo mismo y quieres

Nos vamos pa’ Chile y llegamos hasta el final»

Nos volvimos a besar y en mi mente llevaba la cuenta de que ese era el tercer beso que nos dábamos. Me zumbaban los oídos. El frío había desaparecido por completo.

—¿Te irías a Chile conmigo?

—Me iré a Chile contigo —respondió con una certeza que me dejó pa la cagá.

—Pero somos nada… —era la pura verdad.

Me tomó de la mano y me sentí como una niña chica. Dejé que mis piernas caminaran solos y me llevó hasta el puente más grande y bonito. Ahí arriba me tomó la cara con sus dos grandes manos y me miró directamente a los ojos.

—Sé mi novia.

Quedé con la boca abierta. Cuatrocientas moscas y dos guarenes hubiesen podido entrar sin ningún problema.

—¿Quieres ser mi novia, Pepa?

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