Capítulo 21

—¿QUÉ?

No lo podía creer.

—Escuchaste bien —el Español sonrió.

—Sí, escuché bien. Mi “QUÉ” va porque encuentro sumamente barsa de tu parte que me embolines la perdiz y que me pidas pololeo sin responder nada antes.

Para el Español fue como si le hubiera pegado una patada en todo lo que se llama bolas. Su cara se contorsionó y las flores y corazones que andaban flotando en el aire se cayeron al riachuelo y se las llevó el agua.

—Joder…

—Sí po, joder joder joder —respondí con choreza—. Muy linda la canción, lindo baile, lindo parque, lindo puente, lindos dientes que tienes, pero vinimos acá porque responderías mis preguntas.

—Entonces… ¿me estás diciendo que no?

—Ni que no ni que sí. Quiero que me expliques por qué me dejaste botá dos semanas y ahora apareces como si nada. O qué te creías, ¿Qué soy tan weona? A veces no más, pero no hoy. Como dijo Aragorn en El Retorno del Rey, “hoy no es el día”, hoy no es el día en que seré weona y aguantaré como siempre aguanto weás. Hoy o respondes o tú y tu mijitorico cuerpo se van a la cresta.

Me dieron ganas de reírme con la cara de sorpresa que tenía el Español. No exagero si digo que su expresión era como si un asteroide hubiera impactado en su culo.

—Está bien Pepa, lanza las preguntas.

Suspiré y me relajé un poco. Había sido un momento tenso de choreza extrema y quizá me había ido al chancho, pero necesitaba demostrar que no me podía engatusar así como así. Tenía muchas dudas que merecían respuestas.

—Primero que todo, y es una duda que me ha azotado todo este tiempo. ¿Por qué, si tienes tanta plata, aceptaste ir a arreglarme los cables a mi piso por unos pocos euros?

—¿Qué te hace pensar que tengo pasta?

Bufé.

—Tu auto, tu ropa, tu forma de hablar…

—No fue por la pasta —respondió—. Quería verte. Y esperaba besarte. Pero no diste ninguna señal de que yo te interesara. Si recibí el dinero fue para que no te enrollaras antes de tiempo, para que lo vieras como un trabajo, simplemente.

Sus poderes españolísimos de joteo y babeo intenso eran sorprendentes. Si supiera que yo pensaba lo mismo que él cuando fue a arreglarme los cables, las cosas quizá hubiesen tomado otro rumbo.

Me costaba no sucumbir ante sus palabras.

—¿Y por qué me pasaste un fajo de billetes con yeso? Raro raro.

—Pues porque los moldes de la joyería son de yeso, Pepi. Había tocado yeso cuando metí el dinero en mi bolsa.

—¿No eres narco?

—Es como la tercera vez que te digo que no, coño. Me insultas.

Las parejas pasaban por detrás de nosotros y se me vino a la cabeza la frase cruza el amor por el puente, de una canción de Cerati. Me sentía mal conmigo misma por haber pensado todo ese tiempo que el Español era narco, o asesino, o gay. Me daba cosa seguir preguntándole, pero aún así seguí.

—¿Por qué te fuiste tan repentinamente? ¿Qué es lo que me quería decir la chabacana?

El Español reflexionó un rato antes de responder. Cuando lo hizo, habló muy lentamente, como si sopesara la posibilidad de cada palabra.

—No quería perderte otra vez. No sabía, además, qué coño quería decirte Javiera. Ella podía salir con cada cosa, que en ese mismo momento decidí que era hora de que regresara a chile. No era algo que pudiese aplazarse más.

Quedé impresionada ante la impulsividad del Español.

—¿Entonces se fue a chile? ¿Por eso desaparecieron al mismo tiempo?

—Pues… no, Javiera sigue en España, pero como no podía seguir pagando el alquiler, tuvo que irse de allí. La han despedido de su trabajo en la tienda, y bueno, Javiera acá ya no es relevante.

—¿Por eso dijiste que no volveríamos a ver nunca más a la Javiera? Sonó muy de mafioso, por eso me pasé tanto rollo.

—Así es.

—Pero aún no me dices por qué desapareciste dos semanas. ¿Qué tiene que ver la independencia de Cataluña?

El Español miró al cielo y yo también porque pensé que había visto un ovni pero no había nada. Me decepcioné un poco, porque quizá los ovnis europeos eran más choros que los sudamericanos, y sudamericanos sí había visto.

—Bueno, verás, soy de Barcelona, y han estado complicadas las cosas allá. Necesitaba visitar viejos amigos y ver cómo estaba la situación independentista. Me interesa saber qué pasa donde nací.

—¿Y sin llamarme? Podías decírmelo, yo no me iba a enojar por eso. Me enoja que no me hayas llamado.

—Pues estaba en una zona montañosa, la señal es fatal. Y de todos modos no quería preocuparte.

Pensé: qué mierda la lógica masculina. No llamar para no preocupar, cuando no llamar causa un chilión más de preocupación.

Estaba muy confundida, las respuestas no me aclaraban mucho el panorama y me sentía extraña, pero por otro lado yo era una rollera total. Por ejemplo, cuando alguno de mis ex pololos agregaba minas a facebook, siempre pensaba lo peor (“me va a cagar con ella”), o cuando no me respondían los whatsapp en un rango de tiempo amplio, pensaba, “quizá con qué casquivana está”. O cuando no me respondían en el chat de facebook, pensaba: soy muy fome/ya no me quiere/está chateando con otra/soy fea.

—¿Algo más que necesites saber? —la voz del Español se había vuelto taciturna. Ya no quedaba nada de ese tono romanticón con el que me había cantado Mi Marciana.

—Sí.

—¿Qué?

—Si aún quieres ser mi pololo.

Me puse roja al preguntárselo, pero estaba relativamente oscuro y pasé piola (creo). Sonaban grillos de fondo y las risitas de una pareja feliz en un prado cercano interrumpían nuestra soledad.

—No lo sé Pepa, ahora yo tengo mis propias preguntas.

Chucha, sonaba serio y me asusté.

—¿Te gusta ese tío, Ibizo? —preguntó, mirándome fijamente a los ojos.

—¿What? —no me esperaba esa pregunta.

—Hace un tiempo me contaste que lo besaste. Y ahora vives con él. Dime la verdad, ¿tenéis rollo vosotros dos?

—¡No! ¡Cero onda! Somos muy amigos. Además, el está con un tipo que se llama Blondie.

—Mi segunda pregunta es —continuó como si no hubiese escuchado mi respuesta anterior—, ¿me amas en verdad Pepi? Me refiero a si me amas con defectos y con virtudes.

Me sorprendían aquellas preguntas.

—Obvio que sí.

—Tú me mentiste un mogollón Pepa, y aún así estoy acá contigo. Corté con Javiera por ti. ¿Eres consciente de eso?

—Pucha, sí, lo sé —me sentía infinitamente culpable.

Me tomó por el hombro y juntos bajamos del puente. Menos mal, porque ya se me estaban acalambrando las patas. Fuimos caminando y nos sentamos en una banca bajo un farol. Hacía mucho frío y me estaba dando tuto.

—Me gustaría mucho ir a vivir a Chile —soltó entonces—. En estas dos semanas también aproveché de arreglar mis asuntos acá y creo que es el mejor momento para hacerlo.

Una emoción abruptamente se apoderó de mí y lo abracé de pura alegría.

—¡Sería perfecto! Allá aman a los españoles, sobre todo porque hablan porno. Digo, me refiero al acento, es que los españoles doblan las películas porno… ¿no? —Me estaba mirando raro— Bueno como sea, podrías ser chofer del metro como te dije una vez. Me imagino tu voz en altoparlante: “no se sienten en el suelo giles culiaos”.

—En tal caso diría “no os sentéis en el piso del vagón, cabrones hijos de puta” —dijo cagao de la risa. Era la primera vez que lo escuchaba diciendo groserías. Me emocioné.

—¡Te salen tan lindas las puteadas!

Seguimos conversando bajo la luz del farol y me sentía como dentro de Las Crónicas de Narnia. Fue una hermosa noche, en que nos reíamos y nos contábamos cosas idiotas que nos habían ocurrido en el pasado.

Me habló un poco de sus ex pololas y yo le hablé de los míos. Le conté la historia del Robaconejos y tras escucharla los ojos casi le lagrimeaban de tanto reír. Después le hablé del otro, que era más serio, y me preguntó varias cosas sobre él. Es raro, ahora que lo pienso, saber que lo más probable es que ellos dos estén leyendo esto.

—Joder, es tardísimo —dijo mirando su reloj de pulsera—. ¿Qué quieres que hagamos? Esta noche es tuya.

—Pucha, te diría que quiero que salgamos a carretear, pero tengo sueño.

Los dedos del Español se movieron sobre sus rodillas.

—¿Te apetece si esta vez no te voy a dejar donde Ibizo y te quedas conmigo en mi apartamento?

Me puse roja roja, roja como Fidel Castro con insolación. Sentía la sangre en mis mejillas y me dio mucha vergüenza, pero no quise pasarme rollos, porque no sabía si esa era una propuesta del tipo “vamos a ver el Rey León”.

—Pucha no sé, el Ibizo se va a preocupar…

—Pues le dejas un mensaje.

—Pero es que igual, tú y yo no somos pololos ni nada.

—Bueno, coño, ¡sí Pepi! ¡Quiero ser tu novio Pepi! ¿Habéis escuchado, vosotros dos? —Gritó dirigiéndose a una pareja que iba pasando frente a nosotros, que nos miraron como si estuviésemos pelando el cable— ¡Pepi y yo somos novios, coño!

Me dio risa y a la pareja que iba pasando igual, porque siguieron caminando entre risitas. No conocía el lado bueno pal webeo del Español.

Nos abrazamos y nos dimos otro besito más. Después me tomó de la mano y nos fuimos caminando hacia su auto.

—Te adoro —me dijo cuando estábamos sentados y estaba girando la llave.

—Teodoro.

—¿Qué?

—Le puse Teodoro a mi gato por Te-adoro… Teodoro, Te adoro, ¿cachay?

Se rió y demás que se pasó el rollo de que seré una vieja de los gatos. Arrancó el auto y fuimos andando por las calles de Barajas.

Llegamos finalmente a Pinar del Rey, un barrio de la Hortaleza en Madrid. Era bastante pelolais. ¿Qué hacía el Español trabajando en una joyería?

Su edificio no era rasca como el mío y tenía conserje, el que nos saludó con mucha educación. Subimos por el ascensor y yo estaba muy nerviosa, porque no conocía el depa del Español.

Cuando llegamos ante su puerta me impacté porque hasta la puerta era cuica. Con esa puerta yo podía vivir un mes entero.

—Pepa, antes de entrar, prométeme que mantendrás la calma y que no sacarás conclusiones apresuradas.

—¿Por qué?

No entendí y el Español abrió la puerta. Entramos y quedé boquiabierta porque era el departamento más lindo al que había ido en toda mi vida. Caminé siguiendo al Español por un pasillo largo e interminable.

El Español me detuvo con un gesto de su mano y me quedé quietecita sin saber qué pasaba.

—Pero qué coño haces en pie —dijo el Español enojado.

—¿Qué coño? ¿Te parece que estas son horas de llegar?

Era la desagradable voz de la chabacana. Asomé un poco la cabeza solo para confirmar que su rubio cuerpo estaba tirado en el sillón, de piernas y brazos cruzados.

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