Capítulo 22

—Te permití quedarte en mi piso estos días que te restan en Madrid bajo la condición de que, si no estabas fuera del apartamento, estuvieras en tu pieza, pues no quiero verte la cara —respondió el Español con un tono amargo en la voz.

Al parecer la chabacana no se había dado cuenta de que yo estaba en el pasillo escuchando. Me dio mucha rabia que hace un rato atrás el Español dijera que ella ya no sería relevante en nuestras vidas y que ahora resultara estar viviendo con él. Pero para no salir de ahí gritando puteás como enferma decidí parafrasear al Español: no saques conclusiones apresuradas.

—¿Y quieres que esté encerrada? Eso es humillante.

—Yo te ofrecí devolverte a Chile Javiera, tú insististe en esperar la paga de tu empleo. Las condiciones para permanecer acá te las puse y las aceptaste así tal cual.

—¡Hice todo por ti! —Gritó la casquivana— ¡Dejé todo por ti! ¡Familia, carrera, país! ¡Y ahora me tratas como si fuera nada!

—Javiera, yo no te obligué a nada. Es más, tu carrera la abandonaste por otros motivos…

—¿Acaso no te importo nada?

—No se trata de eso —el Español estaba exasperado—. ¡Javiera, por favor, no empieces de nuevo!

—¡Te acepté sabiendo todas tus cosas!

—¡YA, YA! ¿Pero qué coño quieres? ¿Qué esté contigo a la fuerza?

—¿Qué fue lo que hice mal? —la chabacana lloraba.

—De nuevo no, por favor…

—¿Quizá… nunca decirle que era yo la persona que hablaba con él? —no aguanté más y salí del pasillo. Me miró como si hubiera visto al cuco.

—¡SABÍA QUE ANDABAS CON ELLA!

—¡Pero si te lo he dicho, Javiera, te lo he dicho! —el Español estaba pa la cagá.

—¿Por qué chucha no me dijiste antes que tenías a esta… mujer viviendo contigo? —Ahora mi rabia era dirigida al Español— ¡Me dijiste que ya no era relevante, y di por hecho que eso significaba no volver a verla!

—¿Qué no soy relevante? —la chabacana explotó— ¡Nos íbamos a casar! ¿Se te olvidó? ¡Estuvimos dos semanas juntos en Barcelona, arriesgando todo!

—¿Te fuiste las dos semanas con ella? —no lo podía creer.

—Me la llevé dos semanas para que no te jodiera, Pepa, no porque lo quisiera así.

—¡Pero igual las pasaste conmigo y no con ella! —le gritó la chabacana.

Yo volví a poner la carita del gato impactado de Whatsapp.

—Sabes perfectamente que no pasó nada entre nosotros, Javiera —El Español se llevó las manos a la cara con exasperación. Luego miró al techo y salió al balcón. Yo pensé que se iba a tirar pero no lo hizo.

—¡Nosotros éramos felices y te apareciste tú! —Chilló dirigiéndose a mí— ¡Viniste acá a destruir todo lo que con esfuerzo construimos juntos!

—¡No vine acá a destruir nada, vine a estudiar! ¡Me los encontré de casualidad en el metro y eso lo sabes porque me viste y arrancaste como rata! —yo estaba furiosa— Así son las cosas ahora Javiera, entiendo que no tengas donde quedarte, pero estay jovencita y podís trabajar y pagarte el arriendo o no sé, pedirle plata a tus papás, qué se yo.

—Lo que yo haga es cosa mía —respondió.

—Estoy pololeando con el Español, así que el hecho de que tú estés instalada acá es cosa mía igual. Puedo entender que de buena onda y por tus insistencias te haya dejado quedarte, pero por lo que veo ahora, le hinchas las weas para que vuelva contigo. ¿No tenís dignidad?

—Vosotras dos, ¿alguna vez dejareís de pelearos? —dijo el Español entrando.

—Si me hubieras dicho que ella estaba acá yo no habría venido —le dije al Español, enojada—. No entiendo por qué me trajiste.

—Pues pensé que cumpliría su parte, se quedaría en su habitación y no la veríamos.

—¡Qué cruel! —chilló la Javiera. Para ser sincera, igual me pareció un poquito cruel.

—¿No podéis hacer las paces? —Suplicó el Español—. Entiendo que todo esto es un menudo lío, pero acá los tres tenemos algo de culpa y aunque vosotras dos jamás os llevéis, por lo menos mantened la calma cuando os veáis.

Con la chabacana nos quedamos mirando unos instantes tensos. De un momento a otro se fue y entró a una pieza y al ratito volvió con el peluche de una chancha rosada con vestido rojo.

—Hagamos las paces —dijo—. Esto es para ti, es Peppa, Peppa Pig… como tú —la chabacana me acercó el peluche y lo tomé como si fuera un ratón con hantavirus.

El Español suspiró con resignación.

—¡Que coincidencia! Yo igual tengo algo para ti —hice como que metía la mano al bolsillo y cuando la saqué tenía el dedo medio levantado y lo refregué en su cara —Esta es chabaquina, chabaquina la maraca culiá… como tú.

Me miró y sonrió irónicamente. El Español la miró enojada, me tomó del brazo y me llevó a una pieza, cerrando la puerta con seguro.

La pieza era preciosa, con una cama grande de dos plazas en el medio y estanterías llenas de libros y adornos.

—Estoy enojá contigo, así, a cagar —le dije de pie ante la puerta. El se sentó en la orilla de la cama—. ¿Vai a dejarla ahí sin más?

—Siempre ha sido así —contestó el Español—. Se quedará ahí un momento y luego irá a su habitación.

—¿Por qué no me dijiste que estaba acá? Me quiero ir.

—Ella se va dentro de una semana, pensé que no sería necesario hacerte pasar un mal rato si daba igual.

—No da igual. No llevamos ni un día de pololeo y ella ya nos va a separar.

—Que nos separe, que lo intente —el Español tarareó.

—¿Por qué te ríes?

—¿No lo has pillado? Es una canción de Alejandro Sanz.

Me amurré.

—No estoy pa canciones de Alejandro Sanz. Estoy enojá en serio. No quiero a la chabacana acá… mira —dije, alzando el peluche que aún tenía en la mano—, ¿ves? Tenía preparado esto. Por algo tenía el peluche. Tengo rabia.

—Esto ha salido fatal —sentenció el Español.

—Sí, eso es cierto.

Nos quedamos mirando en silencio un rato. Desde afuera se escuchaba a la chabacana puteando y caminando de allá para acá. Yo me debatía entre salir y sacarle la chucha a la chabacana, o sacarle la cresta al Español, o tirarme del balcón, o hacer todo a la vez. Había sido un inicio de pololeo como la mierda.

—¿Por qué son tan pavos los Españoles? —le pregunté para aliviar la tensión del ambiente.

—Pues yo no soy Español.

—¿Ah?

—Soy catalán. Catalunya i Espanya són coses diferents —agregó, hablando en un idioma del diablo.

—Cataluña es una región de España po.

Me miró con un brillo extraño en sus ojitos grises. Quería seguir muy enojada con él pero se me hacía difícil. Tuve que esforzarme en mantener a flote mi cara de culo.

—Si estás muy molesta puedo dejarte en casa de Ibizo. No quiero que te sientas mal.

—Sí, porfa, quiero irme.

El Español se puso de pie y recordé que no le había enviado ningún mensaje al Ibizo avisando que salía… y tampoco había sacado llaves. Ya eran como las tres de la mañana y me daba cosita webearlo tan tarde.

—Oye, no, no puedo, no tengo llaves ni nada. ¿Tienes un sillón o algo donde pueda dormir?

—Vale, ¿tan enojada estás? —dijo el Español.

—Sí, mucho.

Se encogió de hombros y me dijo que me dejaba la cama a mí, que él dormiría en el sofá.

—Oye, tengo una pregunta —solté antes de que saliera de la pieza—. Si renunciaste a tu trabajo, ¿de qué vives?

—De mis ahorros.

Me pareció razonable y no pregunté nada más.

Esa noche me costó un montón quedarme dormida. A cada rato escuchaba ruidos y me pasé mil rollos chabacanescos. En un momento no aguanté más y salí a hurtadillas a sapear si no estaba la chabacana intentando violar al Español, pero lo vi en el sillón arropado con una frazada durmiendo raja. Aproveché ese momento y tiré el peluche de Peppa Pig por el balcón hacia afuera.

Volví a la pieza y traté de quedarme dormida, pero me sentía muy rara en una cama ajena, en una casa ajena, en un país ajeno, en un continente ajeno, viviendo una vida que casi parecía ajena.

No sabía que pensar respecto al Español. O era muy buena gente o era enfermo de saco e’ weas. ¿Cómo se le ocurría meter a la chabacana a su departamento? ¿Por qué no la echaba cagando? Y ahí aparecía mi lado buena gente que a veces tanta rabia me daba, diciéndome “ella no tiene donde estar, hay que ser comprensivos”. Comprensiva las pelotas que no tengo.

Unas horas después desperté con un sobresalto, recordando que no estaba en mi casa. Me levanté toda hedionda con la misma ropa del día anterior y con un aliento putrefacto, sin posibilidad de remediarlo porque no andaba con mi cepillo de dientes.

Fui al comedor y caché al Español desayunando. No había señales de la chabacana. Al parecer el Español se dio cuenta de que yo la buscaba con la mirada, porque dijo:

—Ha salido temprano, ni puta idea dónde fue.

—Oye, son como las diez, tengo que irme —dije de pie frente a la mesa—. El Ibizo debe estar preocupado —agregué, con un poco de angustia, porque era la pura verdad.

—Bueno vale, yo te llevo, pero primero desayuna algo.

Me senté y después de un rato llegó con una bandeja con tortitas y frutas. Las tortitas son como panqueques gordos y esponjosos que no se enrollan, sino que los ingredientes se le ponen encima y se van cortando con cuchillo y tenedor.

En la mesa había crema, miel, brutas y un batido, todo muy fifí. Yo en ese momento hubiese matado por una marraqueta con mortadela lisa y mantequilla.

Después de desayunar bajamos hasta el estacionamiento y nos subimos a su auto. El Español me metía mucha conversa y pedía disculpas a cada rato por haberme llevado estando la chabacana en el departamento, pero yo intentaba ignorarlo respondiendo monosílabos.

La verdad era que me había dolido ene, y aún me dolía, saber que la tenía viviendo ahí. A ratos nacían impulsos de mandarlo a la conchesumadre porque ningún hombre en esta tierra podía ser tan weón pero después miraba su carita de niño bueno y se me pasaban las ganas. Mal que mal, la mayoría de los hombres eran aweonaos, así como la mayoría de las minas éramos locas.

Finalmente llegamos a Tres Cantos y me bajé en la esquina. El Español se bajó para despedirnos pero, a pesar de que estiró el hocico, yo le di un escueto beso en la mejilla. Después caminé nerviosa como pescao en Semana Santa y llamé a la puerta para que Ibizo saliera a abrir (las casas no tenían rejas).

—¡Perdón! —le dije apenas lo vi.

—¿Dónde cojones te habías metido? —Dijo con preocupación— Te he llamado toda la mañana y tenías el móvil apagado.

—Se me acabó la batería —hablaba como para el lado, así no me sentía el aliento.

Entramos y me senté en el sillón con la delicadeza de un burro.

—¿Dónde estabas? —Ibizo se sentí frente a mí y me miró con sus dos enormes ojos pardos.

—Me fui a quedar donde el Español, pero fue un desastre. Está la chabacana viviendo ahí.

—¿Apareció? —el Ibizo estaba tan sorprendido como yo.

Le conté toda la historia con lujo de detalles. El Ibizo estaba callado, prestando atención, aunque de vez en cuando preguntaba algo o asentía con la cabeza.

—O sea que sois novios —concluyó cuando terminé.

—Sí, y nos vamos a chile juntos. Aunque tú sabes que primero me voy a argentina, así que no sé. Quizá nos vamos juntos a córdoba. Ni idea, porque aún no lo hablamos. Pero tengo que ver cómo va el tema de la chabacana. Confío en él, pero no confío en ella —declaré.

—Así que te vas con él —masculló—. Bueno Pepa, te felicito, te lo mereces. Recuerda que aún debes ir a la embajada a arreglar lo de tu pasaporte.

Se puso de pie y se fue a su pieza.

Me quedé sentada un ratito y después me paré y también fui a mi pieza también, porque estaba entrando en estado de fermentación así que necesitaba un baño urgente. Cuando estaba sacando la ropa del closet sentí la puerta y caché que el Ibizo había salido.

Fue tan rico bañarme, hacía frío y el agua calentita me lavaba la mugre y la toxicidad de haber compartido ambiente con la casquivana. Cuando salí, me vestí y quise ver la hora en el celular y me acordé de que estaba sin batería. Busqué mi cargador pero soy tan ordenada que la weá no estaba en ninguna parte. Afortunadamente el cargador del Ibizo le hacía al mío, así que me metí a su pieza para usar el suyo.

Su pieza estaba desordenada como la mía, pero yo sabía que guardaba el cargador en su velador. Fui directamente a él pero un montón de papelitos rotos encima me llamaron la atención.

No creí que el Ibizo los haya dejado en algún orden especial, así que los junté y los ordené encima de la cama, de puro sapa. Me daba nervios que llegara de repente y me encontrara en esa situación, así que a cada rato miraba hacia atrás, casi esperando encontrármelo en el umbral de la puerta viendo cómo yo me metía en sus cosas.

Cuando caché lo que era, me dio wea.

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Eran pasajes a Córdoba… córdoba Argentina.

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