Capítulo 23

“Bueno, da lo mismo, total los puede volver a imprimir” pensé, aunque me dio lata que el Ibizo se enojara porque le dije que iba con el Español a argentina. Él podía ir, yo nunca le diría que no, con lo buena onda que era conmigo. Además me pareció bien femenino su arranque de romper los papeles del vuelo.

Dejé los papelitos desordenados tal cual los encontré y luego saqué su cargador. Fui a mi pieza (no era mi pieza pero le decía ‘mi’ igual), dejé cargando el celu y me tiré en la cama.

Los últimos días habían sido demasiado movidos. Tenía muchas cosas dando vueltas en mi cabeza y sentía que había preguntas sin responder pero cuando las quería analizar, se me iban. Me pesaban tanto los ojos y pensé tantas weás que finalmente me quedé dormida.

Soñé que jugaba al hijo pródigo con mi gato, que es un juego bien aweonao en realidad.

Estaba yo en mi casa y retaba a Teodoro por alguna cagá que se había mandado. Después me iba indignada y me escondía en el baño. De fondo escuchaba los maullidos desesperados de Teodoro buscándome para pedirme perdón… hasta que llegaba al baño, me veía y nos abrazábamos y me lamía la cara. Y ahí, mientras estábamos abrazados cara con cara, yo empezaba a entonarle una canción:

Tu hocico tiene caca

Yo lo tengo claro

Tu hocico tiene caca

Veo como lames tu ano

No me importa que tenga caca

Yo igual te doy besos

A tu nariz le gusta eso

Aunque tu hocico tiene caca

Cuando desperté eran como las tres de la tarde. No había nadie en casa así que me fui a hacer almuerzo, pero me dio tanta paja ponerme a cocinar que al final saqué una bolsita de pan de pipas y fui a comer a la pieza mientras prendía el celu.

Tenía un chilión de llamadas perdidas del Español, del Ibizo y de la Mexicana.

Abrí Tinder y caché que el Zorrón me había dado like de vuelta, porque tenía unos mensajes suyos.

«jajajaja»

«Me diste like de vuelta»

«Oye sorry si fui pesao, era la caña»

«Estas? »

«Ya po no le dis color»

«Seamos amigos?»

«Estuvo filete el carrete»

«Sacate otro carretin po»

«Estaba rica tu amiga mexicana»

Ya me había olvidado de la existencia del Zorrón y de mi estúpido like en la cagá de Tinder. Furibunda le respondí.

«No, Zorrón culiao, no quiero ser tu amiga y no te voy a invitar a ningún carrete, porque me caís mal, weón hediondo a hocico»

Le mandé el mensaje y esperé a que lo leyera para cerrar mi perfil y borrar la aplicación. Tinder, el peor invento de la historia de la humanidad.

Abrí whatsapp y vi varios mensajes del Español pidiéndome perdón una y otra vez y preguntándome cómo estaba. Le respondí escuetamente con algunos monosílabos peligrosos típicos de toda mujers para dejarle claro que su cagá era grande y no le saldría tan fácil arreglarla.

Me decía que Javiera le había pedido plata para los pasajes pero que él se había negado a darle pasta, como si eso fuera motivo para felicitarlo. Después me contó que Javiera le había tenido que pedir plata a sus viejos y mandaba caritas felices como el mejor niño rata.

No lo seguí pescando porque me llegó un whatsapp de la Mexicana.

«Pepi, el Vet acaba de cortar conmigo. Me siento muy mal. ¿Podemos juntarnos ahorita en el centro?»

Era mi deber estar ahí, así que me arreglé un poco y partí al centro.

La Mexicana estaba sentada en el banco de una plaza y andaba con lentes de sol, así que supuse que había estado llorando. A su lado había una mina colorina, con el pelo amarrado en una trenza y la cara parecía paradero de moscas con tantas pecas.

La Mexicana me presentó a la colorina, que era española, así que nos saludamos con un beso en cada mejilla, porque ya me había acostumbrado a hacerlo así.

—Suéltala. ¿Qué pasó? —le pregunté mientras me sentaba a su lado.

—El pinche idiota me dijo que no podíamos seguir juntos pues yo volvería a México mientras él seguiría acá —habló como si estuviera desesperada por desahogarse—, como si no existieran los aviones.

—Pucha —no quise decirle que para viajar seguido en avión había que tener plata, y que si el gallo no tenía intenciones de irse a México o ella de quedarse en España no había mucho que hacer.

—Me ha cortado como si nada —hizo una mueca como que se iba a poner a llorar y la Colorina la consoló con unas palmaditas en la espalda.

—Ah, pero filo, siempre encontré que era bien mamón el Vet. Estoy segura de que vas a encontrar un mino mejor —el diablo dando consejos.

—Si el tío no dio señales que hacer algo para que siguieran juntos a pesar de la distancia, mejor que haya terminado todo —agregó la Colorina. Tenía una voz como la de Yuya y me desesperó un poco.

—¿Almorzaron? ¿Comieron? —Qué raro era tener que dirigirse en un lenguaje que entendiera una mexicana y una española— Estoy cagá de hambre. Podemos ir a comer y conversamos.

Fuimos a un local de por ahí cerca y pedí una sabrosa lasaña, mientras la Mexicana y la Colorina pidieron unas ensaladitas. Me sentí muy cerda.

—Ni modo —dijo la Mexicana mientras le ponía limón a su lechuga—. Yo no le ruego a nadie.

—Bien dicho —confirmó la Colorina.

—¿Y cuando vuelves a México? —pregunté.

—Dentro de dos semanas.

—¡Noooo! Te voy a extrañar mucho.

—¡Pues ve a verme a Monterrey!

—¡Monterrey! Tengo un amigo ahí. Iré un día, lo juro —amigo mexicano, si lees esto, rájate con alojamiento por favor.

Empezamos a pelar a los hombres y después a hablar de nuestros respectivos países. Típico que te preguntan por los mineros, La Ley, Don Francisco, el vino, las protestas estudiantiles, Germán, Claudio Bravo, Alexis Sanchez, la demanda en La Haya, qué se siente vivir al lado de la cordillera de los Andes y el Festival de Viña del Mar.

Después les hablé del Español y de la chabacana y seguimos pelando un rato más.

—¿Y si hacemos otra fiesta? Una de despedida —propuso la Mexicana.

—¡Siii!

—¡Ya! Pero el Ibizo es el principal organizador de carretes.

La Mexicana llamó por teléfono al Ibizo mientras yo le metía conversa a la Colorina.

—Qué lindo tu pelo. Yo me lo teñí colorín un tiempo y me parecía a Tony Caluga.

—¿Quién es Tony Caluga? —preguntó la Colorina.

—Un payaso chileno —googleé unas fotos y se las mostré. Se cagó de la risa.

—Listo, Ibizo viene en camino —dijo la Mexicana cortando el teléfono.

—¿Qué? ¿Ahora?

—¡Sí! Para ver lo de la fiesta, a ver si nos deja su casa.

Me puse nerviosa porque me daba cosa lo de los pasajes. Además Blondie no había dado señales de vida y no cachaba qué pasaba en realidad.

Después de una espera eterna en que seguimos conversando (pero en el fondo yo seguía tiritona como sordo en balacera) apareció el Ibizo con su metro noventa de estatura y su rara combinación de chalas con chaleco.

Al verme se sorprendió.

—¿Cómo va?

Se sentó con nosotras y empezamos a planificar la fiesta. Prendió al tiro y no hizo ningún atado en pasar su casa, siempre y cuando los invitados fueran decentes.

Me di cuenta de que la Colorina miraba mucho al Ibizo y le metía conversa. El Ibizo, ná de weón, le seguía el juego y en un momento intercambiaron Whatsapp. Pensé en el pobre Blondie que andaba desaparecido, pero luego recordé que Ibizo es mega sociable. “Debe ser eso no más”, pensé.

Después de almorzar salimos a caminar un rato y quedamos en que haríamos el carrete el finde siguiente. La Mexicana y la Colorina conocían ene gente y el Ibizo invitaría a unos pocos, así que la cosa iba a estar buena. Al final nos despedimos e hicimos calabaza.

—Oye Ibizo —le dije cuando ya estábamos instalados en el living de la casa—. Entré a tu pieza y vi unos pasajes rotos… a Córdoba. ¿Pensabas ir conmigo?

—Los pasajes no, los comprobantes. Los rompí porque eran basura. No necesitas papeles en el aeropuerto, Pepi.

—¿Entonces querías ir conmigo? Porque si es así, obvio.

—Pensé que te acordabas de nuestra conversación.

—¿Qué conversación?

—La primera vez que me contaste que irías a Córdoba te pregunté si podía ir contigo y dijiste que sí. Asumí que eso seguía en pie.

Conchesumadre, se me había olvidado. En realidad, por más que me esforcé en recordar, no pude hacer memoria. De todas formas fingí recordarlo.

—¡Vamos po!

—Ya veremos, ya veremos.

Nos quedamos viendo tele en silencio, me daba cosita hablar mucho después de su misterioso tono de voz. En la tarde Blondie apareció lleno de bolsas de compras, con un sombrero nuevo y un chaleco lila.

—¡Nada que una pasada por Ikea no pueda arreglar! Amo la decoración —dijo muy feliz.

Y así pasaron los días muy tranquilos. Hablaba todos los días con el Español, que me invitaba a todos lados, pero yo me correteaba porque estaba amurrada. No quería verlo hasta que echara a la chabacana de su casa. Al principio pensé que podría haberme cagao con ella, pero si eso hubiera pasado seguramente la primera en hacérmelo saber habría sido Javiera. Concluí que el Español simplemente era tonto.

—Oye Ibizo —le dije un día—. ¿Pensai que el Español es chanta?

Ibizo me quedó mirando con la reflexión marcada en su rostro.

—Mmm… a riesgo de equivocarme, creo que el tío no es mala persona. Pero no sé, es raro.

Al fin llegó el finde. Nos levantamos temprano para ordenar la casa y guardar las cosas que se podían romper. Blondie fue a su trabajo en la pizzería, así que con Ibizo nos dedicamos desde temprano a dejar todo listo.

—Harán falta vasos de plástico —sentenció el Ibizo parándose al medio del living.

—¡Yo voy a Mercadona a comprar! —me ofrecí.

Salí porque quería aprovechar de comprar chocolate blanco. Había visto una receta en Youtube en que era el ingrediente principal y no me podía sacar el antojo (no, no estoy embarazada, el espíritu santo no ha pasado por mi pieza).

Iba por la vereda muy feliz porque el día estaba frío y amo el frío, cuando de pronto sentí que alguien me agarró por atrás y me levantó.

Pegué un grito porque pensé que me estaban asaltando de nuevo, pero era el Español, que me soltó al tiro.

—Joder, qué fuerte gritas.

Una señora nos quedó mirando feo desde el jardín de una casa.

—¿Qué haces acá? —pregunté poniendo cara de culo, porque tenía que interpretar el papel de enojada hasta el final.

—He venido a verte, ya que siempre dices que estás ocupada.

—De hecho estoy ocupada. Ahora voy a comprar a Mercadona.

—¿Te llevo?

—¿Cómo no cachay que estoy enojada? Me desenojaré el día en que dejes de pescar a la chabacana y ser tan… pavo.

Me miró y sonrió enormemente.

—Pues desenójate.

—¿Debería?

—Pues claro, deberías —declaró—, porque en este preciso momento Javiera va viajando en un avión rumbo a Chile.

Anuncios