Capítulo 24

No cabía en mí de tanta felicidad.

—¿Estás cien por ciento seguro de que se fue a Chile?

—Yo mismo la he visto abordar el vuelo —sentenció el Español.

—¿Tú le pagaste el pasaje?

—Ni de coña. Sus padres le han enviado el dinero.

Todo rastro de enojo desapareció automáticamente de mi cara. Sonreí abiertamente y abracé al Español.

—¡No eres tan weón como pensaba! —le dije sin soltarlo. El Español me dio unas palmaditas en la espalda.

Fuimos juntos a Mercadona y compramos vasos plásticos y mi barra de chocolate blanco. Cuando llegamos a la casa el Ibizo no disimuló su sorpresa al verlo entrar.

—No te molesta, ¿verdad? —le pregunté muy piolamente.

—Mmm… no, qué va —respondió con mirada suspicaz.

Juntos seguimos ordenando y despejando todo para no tener problemas con la fiesta. Yo hice la bandera de México, Chile y España con unas cartulinas y las pegué en el living como adorno. Me anduve emocionando y casi se me cayeron unas lagrimitas, pero pasé muy piola.

Llegó la noche y empezaron a llegar los invitados. Una de las primeras en llegar fue la Colorina con la Mexicana, que casi se emocionó al ver la bandera de México colgando. Su amiga nos saludó y se fue a hablar con el Ibizo. Tal parecía que al Ibizo no le importaba que la Colorina le llegara con suerte a la mitad del brazo, porque le respondía animadamente y se reían quién sabe de qué cosas. En un momento la mirada del Ibizo y la mía se encontraron, así que miré para otro lado y me puse roja. Me daba vergüenza que pensara que lo andaba sapeando.

—¿Todo bien? —dijo el Español que apareció con dos vasos de copete en las manos.

—Sí —tomé un vaso y le di un sorbo. Era roncola—. Oye, esa Colorina de ahí… ¿la encontrai bonita?

El Español le pegó una mirada evaluadora y declaró:

—Es guapa. ¿Por qué lo preguntas?

—Porque… no sé. Están como muy amiguis.

—Tal parece que está colado —dijo el Español.

No hice comentarios al respecto.

Poco a poco empezaron a llegar más y más invitados. Por la puerta entraban principalmente españoles, pero también llegaba gente de la universidad que estaba de intercambio: una pareja de chinos, un grupito de alemanes, dos brasileñas, una venezolana, un trío de argentinos zorrones y unos cuantos gringos.

—¡Es la fiesta más chida en la que he estado! —dijo la Mexicana pasando por mi lado con senda jarra de cerveza.

—Yo nunca había estado en un carrete tan internacional, me siento como en una película —le dije.

Poco a poco el ambiente empezó a prender. Los alemanes se encargaron de la música e iban preparados para ello, porque sacaron un notebook que conectaron a los parlantes del Ibizo y empezó a sonar dubstep de fondo. Seguía entrando gente por la puerta y yo no cachaba si tantas personas iban a caber en la casa.

—¿Han puesto el anuncio de la fiesta en el periódico? —preguntó el Español a modo de talla pero en volá era cierto. De un momento a otro ya habían como cincuenta personas y se había formado una pista de baile en el medio del living.

—¡Ojalá no terminemos hechos mierda como la otra vez! —le grité a la Mexicana porque la música estaba a todo chancho.

Los gringos fueron variando por distintas gamas de la electrónica hasta que la venezolana se puso al mando del notebook y cambió la música a ritmos más tropicales. Ese fue el momento peak de la fiesta, cuando todos estábamos en la pista salseando como locos.

Yo no conocía el lado bueno pal webeo del Español. Para mí él era un tipo serio con algunos matices medio graciosos de vez en cuando, por eso me resultó tremendamente sandunguero verlo bailando salsa al medio de la pista, como la mierda, pero poniéndole igual. Yo igual bailo como el culo así que éramos una buena dupla de pésimos bailarines, aunque eso daba igual porque nadie se fijaba en como bailaban los demás.

No podía evitar que la mirada se me fuera a cada rato hacia donde estaba el Ibizo con la Colorina. Sentía una especie de angustia en la guata y no estaba segura de si el origen de aquello era Blondie… u otra cosa.

Miré al Español para disipar la estupidez de mi cabeza y me sonrió con los cachetes colorados de tanto copete que había tomado. En eso el Ibizo se paró y agarró el micrófono.

—¡Eh! ¿Cómo va? —gritó entre su curadera— Solo quiero agradeceros por haber venido a esta fiesta, que como la mayoría de vosotros sabéis, es para despedir a una gran amiga que conocí este año y que espero que sea amiga para toda la vida: ¡Mexicana! —Aplausos y vítores mientras la Mexicana se secaba las lágrimas— Y bueno, por supuesto, mi otra gran amiga, a la que también tuve la suerte de conocer este año y ya siento que adoro con el alma, desde Chile para el mundo, ¡Pepi!

Todos aplaudieron y vitorearon y en ese momento cambiaron la música y pusieron flamenco, por lo que los españoles que había presentes como que alucinaron y se agruparon en el sillón. El Ibizo, el Español y la Colorina se abrazaron por los hombros y empezaron a cantar y a bailar flamenco pal pico, con todos los demás rodeándolos y aplaudiendo cagaos de la risa.

—¡Olé! ¡Os olvidábais del alma de la fiesta! —exclamó Blondie entrando triunfalmente por la puerta, haciendo florituras con una mano y con la otra cargando cajas con pizza.

Fui corriendo a ayudarlo con las cajas y me guiñó un ojo.

—Yo en tu lugar no pruebo ni un solo trozo. Son las de las devoluciones.

—He comido weás que solo Dios sabe que existen —le dije, acordándome del video de la historia del chico Mowgli.

—¡Coño! ¡Cuánta gente! ¿Dónde está Ibizo? —preguntó mientras lo buscaba entre el gentío.

—Mira, te voy a presentar al Español —lo agarré de la mano para desviar su atención y me lo llevé—. Blondie, él es Español. Español, él es Blondie.

El Español le sonrió y Blondie lo miró raro. Abrió la boca para decir algo pero la cerró al tiro, porque Ibizo pasó por nuestro lado con un vaso de copete y Blondie se le tiró al cuello.

—Mal rollo —dijo el Español mirando por detrás del hombro como Ibizo se mostraba un poco incómodo entre Blondie y la Colorina.

—Si queda la cagá, se la merece por chueco —mascullé.

Así pasaron algunas horas en que el copete (y otras cosas más) iba y venía de acá para allá. Nunca había visto tantos tragos juntos ni había probado mezclas tan exóticas. Les mostré a unos gringos lo que era el chocoron y casi vomitaron.

—¿People in Chile drink this shit?

—Yes, every weekend —respondí.

Entrada la noche y para variar un poco pusieron karaoke, pero como era un carrete distorsionado, la condición era tomarse un vaso de vodka al seco para salir a cantar.

Armamos una especie de escenario improvisado en el patio de atrás, que estaba cubierto de pasto y era gigante, más apto que el interior de la casa para que la gente vomitara sin causar desmanes.

La primera que agarró el micrófono fue una china más chica que Frodo que cantó una weá que en mi perra vida había escuchado, pero no alcanzó a terminarla porque la pifiaron por fome.

Después una pareja de gringos agarraron el micrófono y cantaron una canción de One Direction a modo webeo,  luego algunos españoles que con suerte se podían el poto y al final la  venezolana a cantar una de Celia Cruz.

El Blondie se tomó el vaso de vodka más rápido que todos, agarró el micrófono con ambas manos y se paró con las piernas abiertas mientras sonaba la música. Movía la punta del pie izquierdo al ritmo de la melodía de fondo mientras cantaba, con muy buena voz, una conocida canción de Miley Cyrus. Cuando llegó el coro se volvió loco (o loca).

«I came in like a wrecking ball

I never hit so hard in love

All I wanted was to break your walls

All you ever did was wreck me»

Con sus short plateados y musculosa blanca pegada al cuerpo, más su pelo rubio platino peinado hacia atrás, realmente se parecía a Miley Cyrus. Alguien le tiró un globo y se lo metió entre las piernas a modo de wrecking ball mientras chupaba el micrófono, pero no le duró mucho porque se fue de guata contra el suelo y ahí se quedó un rato.

Después salió el Ibizo, con una polera blanca, encima un polerón azul, jeans negros y sus típicas chalas. Su pelo castaño estaba desordenado hacia todas las direcciones y se reía como loco mientras le susurraba la canción a los alemanes que manejaban la música.

Cuando empezó la melodía y levantó los brazos como en el videoclip, no pude hacer otra cosa que explotar.

«Yo… seré… el viento que va

Navegaré por tu oscuridad»

Todo el mundo estalló en risas al mismo tiempo porque era demasiado ridículo ver al Ibizo haciendo movimientos maracos y cantando como Bosé. Miré de reojo a la Colorina y vi que le aplaudía emocionada. La sonrisa tambaleó en mi cara.

«Yo… seré… un hombre por ti

Renunciaré a ser lo que fui

Yo, y tú

Tú, y yo

Sin misterio… sin misterio»

La risa se fue apagando de mi cara y me sentí rara e incómoda.  Abracé con fuerza al Español, que estaba sentado junto a mí, pero se puso de pie cuando Ibizo terminó de cantar porque era su turno.

Vi como iba a decirle a los alemanes qué canción quería cantar mientras delante de mí la colorina se cruzaba para ir a juntarse con el Ibizo y sentarse en un rincón alejado.

«Yo te miro y se me corta la respiración

Cuando tú me miras se me sube el corazón

Y en el silencio tu mirada dice mil palabras

La noche en la que te suplico que no salga el sol»

Me puse roja roja roja y me reí nerviosamente, porque era muy raro ver al Español tan curao y tan jugoso cantando una canción tan movida.

—¡Díganme si no soy igual a Enrique Iglesias! —Gritaba el Español en el coro, tambaleándose peligrosamente— ¡Enrique Iglesias es una piltrafa a mi lado!

Todos gritaban y le avivaban la cueca y yo quería que me tragara la tierra.

« Yo quiero estar contigo, vivir contigo

Bailar contigo, tener contigo

Una noche loca (una noche loca)

Y besar tu boca»

Me estaba apuntando con el vaso de copete y toda la gente me quedó mirando y se reían y chiflaban y gritaban, así que para salir del paso empecé a rascarle la cabeza al Blondie, que estaba acostado al lado mío. Lo desperté y se incorporó y me sonrió, pero de un momento a otro su mirada se fue a algo más allá de mi hombro, abrió los ojos como plato y se llevó ambas manos a la cara.

Dos segundos más tarde estaba de pie gritando. Todos lo miraron y yo miré hacia donde se dirigía su mirada.

Allá en un rincón cerca de unas plantas, el Ibizo y la Colorina estaban pegados como lapas, métale besos y las manos ni se les veían.

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