Capítulo 25

Al otro día desperté en la cama con un hachazo cuático. Me dolía la cabeza como si una estampida de rinocerontes hubiese bailado música country en mi cabeza y veía borroso como siempre.

Busqué a tientas mis lentes, me los puse y se hizo la luz. Tenía la cagá en la pieza y desde afuera se escuchaban conversaciones y ajetreo. La voz del Ibizo hablando en inglés con los gringos me trajo a la mente los vivos recuerdos de la noche anterior y la mansa cagá que había quedado: Blondie gritando como sirena de bombero, Blondie tirándose el pelo, Blondie cayéndose a la piscina, Blondie saliendo de la piscina llorando, Blondie intentando pegarle a la colorina, Español agarrando a Blondie para que no le pegara a la Colorina, yo pegándole al Español para que soltara a Blondie para que sí le pegara a la Colorina, Ibizo gritando weás que nadie entendía, todo el mundo riéndose creyendo que era una broma, gente grabando con los celulares, Blondie entrando a la casa gritando y llorando, mojado como un perrito. Blondie lleva un bolso y se va.

Me dio un retorcijón en la guata acordarme del pobre Blondie yéndose de la casa con su bolsito de Hello Kitty. Me paré de la cama y caché que estaba vestida como la noche anterior, toda cochina y hedionda. Pobre Blondie, no merecía su desgracia.

Salí al living. La Colorina estaba tirada en el sillón a lo largo, con una mano tapando sus ojos, mientras que el Español y el Ibizo andaban con escobillones barriendo. Se había ido casi todo el mundo, solo quedaban un par de gringos y la china ayudando a limpiar.

—¡Oh la cagó, qué onda el olor!—exclamé, porque estaba más hediondo que la estación Carlos Valdovinos en verano.

—Madre mía, ¿ves? El olor cojonudo no se va —le dijo el Español al Ibizo.

—Es que encontramos vómito en la alfombra, pero la hemos tirado afuera —respondió el Ibizo arremangándose el chaleco.

Saludé a los gringos y a la china y me puse a ordenar. Estaba la pura cagá. Había vasos plásticos esparcidos por todo el suelo, manchas de copete en todos lados, papeles, colillas de cigarro, hasta calcetines con sus respectivas papas.

Fui a la cocina a buscar una bolsa y el Español apareció y me abrazó desde atrás.

—¿Todo bien?

—Sí. Milagrosamente se me quitó el dolor de cabeza. Eso de comer chocolate antes de tomar parece que sí funciona.

—Menudo lío el de anoche —comentó.

—Me da demasiada pena acordarme del Blondie.

Me rugió la tripa y el Español me obligó a comer algo antes de seguir ordenando. Llené un vaso con jugo y mastiqué pan de pipas mientras miraba a los demás haciendo aseo. La Colorina ni me pescó cuando la saludé y tampoco tenía intenciones de levantar la raja y ayudar al resto. Terminé de comer, tomé una bolsa y empecé a recoger basura del suelo.

—Si mi madre llegase ahora, me deshereda —comentó el Ibizo mientras pasaba un trapo por la muralla.

—Oye, ¿y tú no pensai trabajar nunca?

—Me viene bien la vida de mantenido por el momento. Quiero un año sabático, tantos años de universidad me han dejao seco.

Me encogí de hombros y seguí recogiendo basura. Cuando no había nada más que recoger empecé a limpiar y después me fui al patio. El Español me siguió y mientras limpiábamos cuchicheábamos y nos reíamos. En un momento me tomó de la cara y estiró el hocico para darme un beso.

—¡Permiso que acá voy yo! —El Ibizo pasó en medio de nosotros empujándonos para los lados. Llevaba dos bolsas llenas de basura y las fue a dejar a la calle.

Si digo que estaba la zorra es porque estaba la zorra. La piscina estaba llena de vasos flotando y en el patio había de todo. Entré a buscar más bolsas y vi que la Colorina estaba sentada en el sillón mirando el celular.

—Oye, ¿y si nos ayudas a limpiar el patio?

Me miró y sonrió.

—Sí.

Seguí ordenando por acá y por allá pero ella seguía pegada al teléfono. Todos ayudaban menos ella, que estaba sentada como reina y señora. No me caía mal, pero me empezó a dar rabia. A mí me apesta ordenar, pero cuando hay que hacerlo lo hago, sobre todo si voy a barsear carrete a casa ajena y queda la escoba.

Pasaron como quince minutos y volví a pedirle que ayudara.

—Bueno, joder, ¿tanto te molesta que esté sentada un rato?

—No, pa ná, podís sentarte todo lo que querai, pero primero ayuda a ordenar po, no te cuesta nada.

Me ignoró y siguió viendo estupideces en el teléfono. En eso apareció la Mexicana y me preguntó qué pasaba.

—Tu amiga es muy floja —le dije—, todos limpiando y ella ahí como la Lady Di.

La Mexicana me miró y levantó las cejas dándome la razón.

—¿Nos ayudas a lavar los platos? —le preguntó a la Colorina, con todo el tono de amabilidad oralewey.

—¡Coño! ¿Qué os pasa? Si vosotras queréis ordenar, está bien. Yo acá soy invitada de Ibizo y no me apetece, ¿comprendéis? Si vosotras queréis hacerlo perfecto, pero me siento fatal y no tengo ganas, ¿vale? Me duele la cabeza.

—Si te duele, más te va a doler viendo videos en el celular —mascullé.

Me fui a la cocina furiosa y la Mexicana fue conmigo. Nos miramos y ella sonrió nerviosamente. Saqué una esponja y empecé a fregar platos y bandejas llenas de restos de comida y cuando terminaba se los iba pasando a la Mexicana para que los secara.

Qué rabia la Colorina, qué se creía. Por muy colorinas que tuviera sus mechas vikingas no podía ser tan barsa. Más rabia me daba al pensar que, de no ser por ella, probablemente ahí andaría el Blondie con sus short plateados con lentejuelas limpiando igual que una princesa Disney.

Miré hacia el sillón y vi que de nuevo estaba colgándose en el cuello del Ibizo.

—¡Oye Ibizo! ¿Esto lo boto? —grité.

Ibizo enderezó su largo cuerpo y se metió a la cocina.

—¿Qué cosa? —preguntó mirando para todos lados.

—¿Por qué no le dices algo a esa mina? —susurré— No ha hecho nada en todo el día. Y no, no botaré nada, era para que te despegaras un rato.

—Bueno, se siente mal…

—¡Ah! Ahora te preocupa que otra persona se sienta mal. Anoche no te preocupaste de que Blondie se iba a sentir como las weas —me indigné.

Ibizo me miró entrecerrando los ojos.

—¡Qué va! ¡Traía un pedo de la hostia!

—Qué penca tu excusa.

—Bueno qué va, no necesito excusarme de nada. Yo hago lo que quiero, así como tú claramente también haces lo que quieres.

En eso entró la Colorina a la cocina y yo pensé: milagro, ha levantado la raja. Detrás de ella venía el Español y también se asomó la china con los gringos a sapear.

—Escuché todo —sentenció con aires de grandeza—. Los celos te asoman por los poros.

—¡Qué chucha! —Dije enojada— Qué weá te pasa, obvio que no. Con Ibizo somos amigos desde hace muchísimo tiempo y yo tengo pololo. Estoy enojada primero, porque eres floja y segundo, porque Blondie se fue de acá sintiéndose muy mal.

—¡No me refería a eso! ¡Hablaba de celos de mí, que no tengo que hacer nada!

Me puse roja de rabia.

—Insistes y jodes con que ayude a limpiar y se ve que se te da muy bien —continuó.

Había tensión en el ambiente. El Ibizo y el Español estaban parados como estatuas mientras la Colorina estaba cruzada de brazos frente a mí, con su metro cincuenta de estatura vociferando con voz chillona.

—¿Por qué se supone que se me da muy bien? —pregunté apretando los dientes.

—Pues porque eres sudaca, dah.

Abrí la boca pero quedé tan pal loli que no fui capaz de decir nada. El Ibizo agarró a la Colorina por el hombro y ella se zafó. La Mexicana se llevó ambas manos a la boca y el Español dio un par de trancos para quedar al lado mío.

—Mi empleada es chilena como tú y se le da muy bien limpiar la mierda.

—Ya ya ya, qué va, cómo dices eso, ¡qué coño sucede contigo!—le dijo el Español enojado.

—¿No le vas a decir nada? —le escupí al Ibizo. Él solo se quedó en silencio mientras la Colorina seguía vociferando cosas.

Suelo ser chora y responder si me webean, pero me sentí sola como nunca. Estaba sola en un mundo aparte, en un continente lejano, rodeada por el enemigo. Quizá webeé mucho a la mina para que ayudara a limpiar, pero igual su insulto me hizo sentir como el pico.

El Español me agarró del brazo y me llevó al living. Algo seguían vociferando pero mi mente volaba en otro lado. ¿Todo el mundo pensaba en silencio entonces que yo era una sudaca y que los chilenos se dedicaban a limpiar mierda?

—¡Los chilenos vienen solo a robar, que te quede claro!

—¿Pero qué mierda te pasa a ti eh? ¡Vete a tomar por culo! —le gritó el Español.

El Ibizo apareció y me miró pero no me dijo nada y me dio pena y me puse a llorar, pero me limpiaba las lágrimas mientras corrían porque no quería que la weona pensara que había ganado.

—Tranquila, Pepi, ignora —me decía el Español mientras me hacia nanai en la cabeza.

Miré al Ibizo con rabia. Lo quería mucho, muchísimo, pero me había dolido su silencio. A veces esperamos mucho de las personas, o a veces las personas que menos esperamos nos decepcionan inevitablemente. Quedamos ahí tirados preguntándonos por qué las weás son así, pero al final, son así no más. Como decía mi abuela: nunca terminas de conocer a la gente.

—Erís como el pico —le dije al Ibizo con más pena que rabia en la mirada.

—Lo siento Pepi, pero no quería liarla con ninguna.

—La liaste conmigo.

Y fui a mi pieza a guardar mis cosas para irme de ahí y no volver nunca más ni a esa casa ni a ver al saco e weas del Ibizo.

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