Capítulo 26

—¿Qué estás haciendo? —preguntó el Ibizo mientras yo metía mi ropa en la maleta.

—Me voy.

—¿Y a dónde?

Buena pregunta. La verdad estaba enrabiada y solo quería irme cagando de ahí.

—Se va conmigo, a mi apartamento —se metió el Español—.No te preocupes, que está todo bien.

Ibizo se quedó ahí parado con la mirada más triste de la historia de las miradas penosas. El Español me miró y yo levanté las cejas, así que salió de la pieza y cerró la puerta.

—¡PERDÓN! —Ibizo intentó abrazarme pero lo corrí con el brazo— ¡Fui un gilipollas, me quedé callado como imbécil! ¡Por favor no te vayas!

Algo que me apesta de mí es que soy muy penca para mantener enojos por un tiempo prolongado. Cuando recuerdo que estaba enchuchada, ya había tirado como treinta tallas y hasta había organizado un carrete en su honor.

Esa vez fue distinto.

Puse todo mi talento enojil en mantener la cara de culo firme en mi semblante y seguir metiendo como máquina todos mis calzones (de abuelita por supuesto) en la maleta.

—Por favor Pepi, no te vayas.

Lo ignoré y tiré la ropa dentro aún más rápido.

—¡Dime algo!

Lo miré.

—Aweonao.

Una sonrisa esbozó su rostro y yo casi me rio, pero aguanté digna y empecé a doblar unas toallas.

—Pepi, escucha… —ignoré— ¡Pepa! ¡Eres muy importante para mí! Si te vas nada será lo mismo.

—Tómalo por el lado bueno, vas a tener la casa sola para usarla de motel con el hobbit culiao colorín.

Me miró con tristeza. La sonrisa ya había desaparecido.

—No sabes nada.

—Déjame ser sudaca tranquila. Mejor así. Me duele mucho que no hayas dicho nada.

—Pepa, ella me importa una mierda. ¡La conozco nada!. Pero tú tenías ahí a tu lado a ese… Español… y no sé. He sido un imbécil por no decir nada.

—Hablemos más adelante. Ahora, de verdad, no tengo ganas.

—Está bien —se dio vuelta y caminó hacia la puerta. Ahí en el umbral dio volteó la cara y dijo: —Te quiero.

Llegar al departamento del Español otra vez era raro. En otras circunstancias habría estado saltando de felicidad, pero ese día estaba muy bajoneada.

Dejé mi maleta en un rincón y me senté en el sillón sin ganas de ordenar mis cosas. Había un olor como a flores hediondas que, supuse, era desodorante ambiental, como esas weás que cuelgan en los taxis más cumas de la pobla.

El Español me ofreció comer algo y a pesar de que igual tenía hambre, le dije que no. Me carga decir que no y después arrepentirme porque me dio plancha.

No sé si alguna vez les ha pasado que se ponen filosóficos y se hacen la típica pregunta: ¿Qué chucha estoy haciendo con mi vida? Eso era exactamente lo que me cuestionaba y no podía responder. Me cargaba tener que estar barseándole alojamiento al Español y aunque tenía plata como para arrendar algo los días que me quedaban en España, tampoco tenía ganas de volver a estar sola.

—Necesito un trabajo —sentencié.

—¿En serio? —respondió el Español mientras llevaba mi maleta a la pieza.

—Sí. Pero no acá, porque ya no me queda nada para irme. Voy a buscar un trabajo en argentina, aunque sea por un par de meses.

—¿Y por qué?

—Porque necesito hacer algo productivo. ¿Tú qué piensas hacer?

—Ir a chile, como te había dicho.

—Pero yo me voy a argentina todo el verano. ¿Te vas a argentina primero, o te vas directo a chile? Yo creo que ya deberías tener comprados los pasajes, o te van a salir más caros que la cresta.

—Ya veremos después eso.

Esa tarde tomamos una siesta (solo una siesta, no se pongan porno) y después fuimos a comer al centro. Estaba tan cagadísima de hambre que engullí un trozo de lasaña sin mucha elegancia. Con el Español hablábamos sobre planes y proyectos pero yo solo podía pensar en lo que me había dicho la Colorina y en las palabras de Ibizo, que repercutían en mi mente (como el estúpido y sensual Flanders en la imaginación de Homero Simpson).

Pasaron algunos días sin novedades en lo que lo único que cambiaba día a día era un mensaje diferente de parte del Ibizo. Me pedía perdón y me contaba que había perdido contacto con la Colorina, pero no me importaba. Guardé mis cosas en la pieza que había usado la chabacana en el último tiempo, pero estaba tan hedionda a flores que me repugnó, como si hubiera hecho un machitún o un ritual culiao raro de amarres amorosos para quedarse con el Español.

—¿Qué onda? ¿Por qué tan fuerte el olor? —le pregunté un día al Español.

—Porque antes de irse Javiera vació todo su perfume en cada rincón de la casa. Me ha costado un mogollón quitar el aroma.

Quedé pa la cagá con aquella nueva y hermosa forma de ser súper zorra. El perfume era el Halloween y me hice una nota mental de jamás de los jamases usarlo. “Por algo se llama Halloween” pensé.

Esa tarde fuimos al cine a ver Interestellar y simplemente aluciné con la película. Hubo una frase que me quedó dando vueltas horas y horas y aún no se me despega de la cabeza: Love is the one thing that transcends time and space. Era una frase que me tocaba el corazón porque realmente creía que el amor trascendía el tiempo y el espacio, ya lo había vivido. Podía estar muy lejos, podía no verlo, podían separarnos un par de kilómetros o un océano entero y aún así, ahí estaba mi corazón, indemne, amando igual que la primera vez (ay que cursi).

Al otro día desperté con el terror de recordar que no había hecho los trámites en la embajada para sacar papeles nuevos ni había ido a la universidad a retirar algunos documentos. Me bañé, me vestí rápidamente y salí cascando a la embajada, donde tuve que hacer una cola infinita para que finalmente me dieran un salvoconducto. Pensé que los trámites serían más largos y fue un alivio tener tiempo para ir aún a la universidad.

Llegué y saludé a varios conocidos que andaban en las mismas que yo. A algunos los cachaba del carrete del Ibizo y otros me saludaban simplemente porque se había hecho correr la voz de que tenía un blog donde contaba mis peripecias.

De pronto, una voz chillona llegó a mis oídos. Miré hacia atrás para confirmar mi sospecha y efectivamente la Colorina había llegado a la secretaría académica. Estaba con un vestido floreado y conversaba animadamente con un gallo mega flaco de camisa negra, mientras caminaban hacia donde estaba yo. Di vuelta la cara sintiéndome muy weona por no haberle sacado la cresta la última vez, pero pensando al mismo tiempo que había sido lo mejor si no quería que me deportaran por dármelas de Martín Vargas con aires de Mike Tyson. Tal parecía que no me había visto, pero caché exactamente el momento en que sí lo hizo porque se quedo callada en medio de una frase.

Decidí no mirar hacia atrás y hacerme la weona, aunque inmediatamente me di cuenta de que empezó a desviar la conversación hacia otro lado para webearme. Yo no creía que se atreviera a decir mucho más con la universidad llena de gente, así que hablé con la secretaria académica y recibí mis papeles haciendo caso omiso de la mina.

Guardé los papeles en mi bolso y me di vuelta con dignidad, pero cuando pasé por su lado para irme pude escuchar claramente:

—Uf, pero qué peste, joder, huele a sudaca.

Di como cinco pasos porque si me devolvía le iba a sacar la chucha y la que iba a salir perdiendo iba a ser yo, pero mi orgullo de latinoamericana me impidió dar el sexto paso, así que como en cámara lenta tipo Matrix me di vuelta, la miré, me miró, recordé un buen insulto que leí y le dije, lo más fuerte que pude:

—¡Yo seré sudaca y mis ancestros habrán limpiado los surullos de Pedro de Valdivia, pero vo’ con tu metro y medio estay dá pa chupar el pico parada, maraca y la conchetumadre!

Abrió los ojos y la boca como si le estuvieran metiendo un palo por el culo. La gente que estaba cerca quedó mirando con curiosidad, pero yo ya iba saliendo por la puerta principal, tan dama como la Paty Cofré.

Los nervios me retorcieron la guata y cuando se me retuerce la guata me da hambre, así como cuando estoy triste me da hambre o cuando estoy alegre también me da hambre. Caminé hasta el centro y me senté en una pizzería piola que había en medio de un paseo peatonal. Me quedé viendo la carta para saber bien qué iba a elegir (siempre elijo pésimo) y en eso llegó el mozo.

—Quiero una pizza de queso Philadelphia con camarones, porfis —dije aún mirando la carta.

—¡Ay, Pepi, nena! —Alcancé a ver unas mechas rubias oxigenadas que se me abalanzaron encima y me abrazaron.

—¡Blondie! —Lo apreté con fuerza y alegría— ¡Te echaba de menos!

—¡Ingrata!

—¡Perdón! Como nunca tuve tu whatsapp ni tienes facebook no tenía como saber de ti…

—Pudiste preguntarle al cabrón de Ibizo por mí, ¿no? —Hizo un puchero.

Blondie se veía muy raro vestido de mozo. Tenía un chalequillo de rayas grises y un delantal blanco por debajo, con una humita negra al cuello coronando su impecable uniforme.

—No tuve tiempo de preguntarle nada porque no te imaginas lo que pasó. ¿Qué estás haciendo acá?

—¡Acá trabajo! En la pizzería. Te lo dije muchas veces. ¡Cuéntamelo todo!

Se sentó a mi lado y llamó con la mano a otro mozo para que trajera la pizza. Empecé a contarle todo lo que pasó después en el carrete, mi pelea con Ibizo y las palabras de la Colorina. Fui muy feliz cuando me apoyó en puteadas hacia ella.

—¡Zorra! ¡Puta! ¡A que le den por culo!

—Sí, pero filo —dije, mascando un trozo de pizza—. Ahora estoy viviendo con el Español así que estoy tranquila.

Blondie se llevó una mano a la frente y se dejó rojo.

—¡Madre mía, te lo iba a decir! ¡Lo había olvidado!

—¿Qué pasa? —pregunté asustada.

—Tenemos que hablar de ese tal Español.

—¿Qué?

Los ojos café de Blondie me miraron un rato con expresión preocupada. Vi llegar la angustia a mi pecho en todo su esplendor, como cuando llevas horas compilando una cagá de programa auxiliar y cuando lo tienes que presentar tira un chilión de errores.

—Que ese tal Español —continuó Blondie— no es quién tú crees.

Anuncios