Capítulo 28

—No puede ser…

Blondie no dijo nada, solo me miró mientras hacía una mueca con su boca.

—¿Tienes la noticia completa? —le pregunté, aún con el corazón desbocado.

Asintió y rebuscó nuevamente entre sus papeles. Unos segundos después yo tenía en la mano un viejo recorte que empecé a leer con avidez.

—Lo he cogido del archivo nacional —comentó Blondie mientras yo saltaba de un párrafo a otro, con el pecho cada vez más oprimido—. Espero que nadie haya notado que arranqué algunos pedazos.

Mis ojos pasaban rápidamente de una palabra a otra. Conforme avanzaba en la lectura me enteraba de más y más cosas que nunca hubiera imaginado.

“…joven de veintiún años…”

—¿De qué año es este diario? —pregunté.

—Del 2004.

O sea que me había mentido con su edad. No tenía veintisiete como me hacía creer… tenía treinta.

A medida que avanzaba me encontraba con cosas que me hacían resuellos en la memoria.

“…utilizaron explosivos Goma-2 Eco, usados comúnmente en las canteras.”

—Canteras… yeso… —murmuré—. Blondie, ¿recuerdas el fajo de billetes que me pasó el Español? Dijiste que tenía yeso encima. ¿Qué tan seguro estás de que sea yeso?

—¡Segurísimo! Tan seguro como que me gustan los tíos.

—¿Sabes si en España hay canteras de yeso? Alguna que sea conocida.

—Pues las canteras de Aragón son muy conocidas. Mi abuelo trabajaba en ellas.

Saqué el teléfono y googleé un mapa de España. Aragón y Cataluña estaban al lado, de paso. Pensé muchísimas cosas en ese momento pero no sabía cómo hacerlas calzar en mi cabeza. Todo era tormentoso y borroso.

—Blondie, no sé qué hacer. No me calza. El Español es de Barcelona, y lo del 11M fue entre yihadistas y no sé qué. O quizá mintió en todo… ayayai, no sé qué hacer… —dije desesperada.

—Pues si tienes miedo, puedes quedarte acá. Por mí no hay problema.

—No… no puedo. Pero si el Español está libre no puede ser nada tan malo, ¿no?

Blondie solo se encogió de hombros.

—Gracias por contarme esto. De verdad, has sido un gran amigo para mí —me puse de pie y unas lágrimas se me cayeron—. Espero volver a verte alguna vez.

—¿Cuándo te vas?

—En diez días.

—¡No! Cómo pasa de rápido el tiempo. No te olvides de mí, ¿vale? —suplicó con un mechón rubio platino cubriéndole parte de la cara.

—¡Nunca en la vida!

Blondie me miró y se dio la vuelta. Buscó algo en un cajón y cuando volvió traía un chanchito rosado en su mano.

—Ten esto, para que no te olvides de mí. No confío en tu memoria.

Me largué a llorar de pura emoción y sentimientos encontrados. Lo abracé una vez más y lo apreté tan fuerte que casi lo asfixié.

—Toma —le dije sacándome los aros—. Los hice yo, a mano. Tenlos para que me recuerdes. Prometo que volveré un día, no sé cuando, pero volveré y nos haremos pico carreteando.

Blondie me regaló los recortes del diario. Los guardé con cuidado en mi bolso al tiempo en que me despedía de él .Luego salí del edificio y esperé que pasara un taxi. Pasaron dos, pero no los hice parar porque no estaba segura de a dónde quería ir. Por un lado tenía ganas de ir corriendo donde Ibizo y contarle todo y abrazarlo y quedarme con él, porque necesitaba a mi mejor amigo en esos momentos. Por otro lado, si hacía eso me iba a sentir una mierda de persona. Llevaba ignorándolo varios días y acudir a él solo porque lo necesitaba era un acto de barsitud total.

Debía enfrentar al Español, aunque no sabía cómo. Quizá debía dejar pasar unos días, y cuando estuviera a punto de irme, decirle todo lo que sabía, pero no sabía si podía aguantar tanto.

Al final me subí a un taxi y me dirigí al departamento del Español. Quería que el viaje se hiciera eterno, porque tenía muchas cosas que pensar y aclarar en mi cabeza. ¿Podía yo querer a una persona que tuvo un pasado tan turbio? ¿Seguiría siendo turbio o eso había quedado atrás?

Recordé entonces las palabras de la chabacana: Pepa ¿te cuento algo del español? Y supe entonces que eso es lo que había querido decirme. Que el Español era terrible tránsfugo. ¿Cómo la chabacana podía haber seguido con él aún sabiendo eso? Eso abría dos posibilidades: o no era algo tan terrible y todo ya formaba parte del pasado, o la chabacana era capaz de aguantar cualquier cosa con tal de tener un hombre que la mantenga. Qué ganas de tener ahí a la chabacana para lanzarle mis dudas. Probablemente ella sabía todo.

Finalmente llegué al departamento. Subí el ascensor aún sin saber bien qué le diría o cómo actuaría. De una cosa estaba segura: no le diría nada aún. No podía. Me daba miedo de que reaccionara mal, y me quedaban aún varios días en España. Tenía que pensar muy bien lo que haría, porque era terreno peligroso y desconocido.

—Madre mía, ¡hasta que has llegado! —me dijo el Español cuando entré.

Eran las diez y media.

—Me atrasé, perdón.

—¿Dónde has estado? —me preguntó el Español.

Lo miré. Su pelo castaño ondulado, su piel blanca y sus ojos grises no me hacían sentido con su pasado turbio. Después miré alrededor: su hermoso y espacioso departamento pelolais, que a todas luces no calzaba con el sueldo de un vendedor de joyería. Sus viajecitos misteriosos. Su actual vida sin trabajar. Su auto bacán.

—Estabas con Ibizo, ¿no? —preguntó otra vez, con un tono aterciopelado en la voz.

—¿Qué? No, estaba con Blondie. Sabes que llevo tiempo sin hablar con Ibizo —respondí con un poco de indignación.

—Está bien, lo siento —contestó el Español más relajado—. Es solo que… no, olvídalo. ¿Te apetece cenar?

—Eh… ya. Voy a la pieza a dejar las cosas.

Me miró de una forma extraña pero evadí sus ojos dando media vuelta. Entré a mi pieza y cerré la puerta con seguro, me senté en la orilla de la cama y me tomé la cara con las manos.

Por la cresta, me sentía mal. Ya nada era lo mismo. No podía verlo de igual manera después de haberme enterado de su pasado. No entendía como una historia que había sido tan graciosa, con tanto carrete, mal entendido, con tanto baile, podía terminar de una forma tan turbia. Me daba pena que no fuera él mismo quién me contara todo. Quizá si se hubiera sincerado conmigo yo podría haberlo entendido… siempre y cuando ese pasado turbulento haya quedado enterrado. Y mi intuición me decía lo contrario.

Miré mi maleta tirada en un rincón. Aún había tiempo. Podía dejar mis cosas listas, esperar que se durmiera y arrancar. Fue una idea que se cruzó fuertemente por mi cabeza, pero la deseché. Él no me había hecho nada malo en todo ese tiempo. ¿Por qué habría de hacerme algo en ese momento? Mal que mal él no tenía idea acerca de lo que yo sabía.

Fui al comedor y me senté en la mesa a comer. Había de cenar champiñones con crema y salmón, pero ni la exquisitez de mi pescado favorito me podía quitar la angustia que tenía pegada en la guata.

—Estás rara —dijo el Español mirándome de soslayo—. ¿Te sientes bien?

—Sí… pucha, no, me duele un poco la guata.

—Decidí ir contigo a Córdoba —soltó el Español así sin más—. ¿Cuándo te ibas?

—El catorce… o el quince… tendría que ver mi pasaje.

—Maravilloso. Nos vamos un tiempo a argentina y luego definitivamente a chile —respondió entusiasmado—. Nos la pasaremos fenomenal. Jamás he ido a argentina, pero me han contado que la carne allá es buenísima y hay mucha vida nocturna. ¿Has ido tu antes?

—Sí…

—¿A qué lugares de argentina?

—A Buenos Aires, Mendoza, Bariló…

—Te noto muy extraña —el Español frunció levemente el ceño—. ¿Te duele demasiado el estómago? ¿Quieres que vayamos a con un médico?

—¡No! No pasa, estoy bien. Se me va a pasar. Es que caminé mucho.

—Bueno, pues, como te decía, compraré los pasajes dentro de un rato por Internet —continuó con alegría—. Imagino que tu vuelo debe ya estar vendido completamente pero quizá pillo uno con un par de días de diferencia. No te molestará quedarte sola allá unos días, ¿no?

—No, pa ná, siempre viajo sola.

Se me retorcía la guata pensando primero, que se me habían quitado las ganas de viajar con él y segundo, que Ibizo también viajaría a Córdoba en esas fechas.

—Perfecto. Tengo unos asuntos que arreglar que están algo pendientes pero a grandes rasgos está todo listo para irnos. ¿Estás feliz? —me sonrió ampliamente.

—Sí, mucho. ¡Au! —me quejé adrede por el inexistente dolor de guata. Solo quería cambiar de tema—. Oye, me voy a acostar. Buenas noches —le di un escueto beso en la mejilla.

—¿No quieres dormir conmigo? —me preguntó el Español desde la mesa mientras yo caminaba hacia mi pieza.

—No… es que me duele la guatita, qué incómodo. ¡Duerme bien!

Me senté en la cama de nuevo y saqué el celular. Pensé en responderle a Ibizo inmediatamente pero en vez de eso me puse a navegar en YouTube. Y ahí, mientras saltaba de video en video, se me ocurrió una idea.

Volví a salir de la pieza y encontré al Español en la cocina lavando los platos.

—Oye, mira, en una de esas ya cachabai este video, lo vi y me dio mucha risa.

Me miró extrañado y le mostré el celular.

—¿Cachay lo que es un Harlem Shake?

Sin esperar respuesta le di play al video y, mientras el Español miraba la pantalla, yo miraba su rostro.

Me puse a tararear la melodía. Era la versión original del ejército de no sé qué país. El video empieza con una música rítmica y termina…

—Con los terroristas—canté, mientras veía como la cara del Español se descomponía.

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