Capítulo 29

—No es del tipo de videos que me hagan gracia —comentó el Español recuperando la compostura en menos de un segundo.

—A mi me hace gracia.

—¿No que te dolía la panza?

—Sí… buenas noches.

Una vez más entré a la pieza y cerré con seguro. ¡Cómo hacía esa weá! Estaba segura de que la cara se le había desfigurado por un instante, o en volá era mi imaginación. ¿Habría cachao la indirecta?

Me acosté y le tipeé un Whatsapp a Ibizo.

«Perdón por haberte ignorado todo este tiempo. Soy lo peor, lo sé, pero te quiero mucho. Entiendo tu punto y tu explicación, pero prefiero que hablemos en persona. Tengo mucho que contarte. ¿Podemos vernos mañana?»

Al cabo de un rato Ibizo apareció online. Mi corazón saltaba fuerte cuando, bajo su nombre, salía la palabra escribiendo.

«¡Pepi! Qué alegría me da J me encantaría verte, pero estoy en Ibiza con mi madre. Estaba convenciendo a mi hermano para que fuese conmigo a Córdoba, ya que asumí que tú no irías conmigo y ni de coña pierdo los pasajes. El cabrón no ha querido gastar pasta en un viaje. Regreso en una semana. ¡Espero verte!»

Puta la weá, una semana. Siete días. Horror. Palpico.

***

Esa semana fue más o menos como el hoyo al principio, aunque al final ya me había acostumbrado a sentir esa angustia en la guata. Usé todos los dotes actorales que en realidad no poseo en ser lo más natural posible con el Español, aunque era inevitable que él no se sintiera extraño ante mi actitud distante y mi cara sospechosa.

—Estás rarísima —me decía todos los días.

—Es que me da nostalgia irme, me había acostumbrado a España, al pan de pipas, a la musiquita de Mercadona y a que le digan panceta al tocino.

Entonces el Español solo me miraba entornando los ojos y después seguía haciendo sus cosas.

Hablé todos los días con Ibizo, pero no me atrevía a decirle nada respecto al Español por Whatsapp. Me imaginaba que él se había agarrado a mi línea y que estaba sapeando las cosas que yo escribía, así que no ponía ni una weá sospechosa de puro cuco. En el campo de la incertidumbre, todas las teorías son válidas.

Amar al Español fue complicado desde un principio, pero jamás pensé que llegaría a ese nivel de cuaticocidad. Y justarmente eso era lo peor, amar al Español, porque en el fondo de mi corazón de guarén, seguía queriéndolo como la primera vez, cuando hablamos toda la noche sobre El Señor de los Anillos. Era el hombre perfecto, perfecto para mí… o casi. ¿Iba el casi a arruinar todo un futuro juntos?

Finalmente llegó el día en que había quedado con Ibizo. Estaba esperándolo de pie justo al frente de una tienda de artículos de cumpleaños, con Barney atrás mío rodeado de cabros chicos queriendo sacarse fotos con él. De fondo sonaba la conocida melodía de su programa.

—Te quiero yo, y tu a mí, nuestra familia es la más feliz —me cantó alguien al oído, por detrás.

—¡La cantaste como el pico! Nunca fue así la canción —estaba cagá de la risa.

—Eres una gilipollas —me dijo mientras me daba un abrazo apretado.

—Y tu un aweonao —le respondí con cariño. El se rió.

Caminamos a un restorán, nos sentamos a la mesa y ordenamos paella. Ibizo estaba más bronceado que nunca, con el pelo desordenado en todas direcciones, una sonrisa de dientes muy blancos y ojos risueños. Andaba con un chaleco rojo abotonado, shorts grises y hawaianas. Me contó sobre su viaje a Ibiza, su mamá y su hermano.

—¿No te da frío en las patas andar así?

—Estamos en otoño, o sea, mitad verano, mitad invierno. Creo que le hago justicia a la estación.

Me pareció una respuesta razonable.

Seguimos conversando sobre la vida y las cosas que habían ocurrido durante nuestro distanciamiento. Omití lo del Español aunque precisamente era lo que necesitaba decirle con urgencia. En vez de eso le conté sobre la Colorina y nuestro encuentro en la universidad.

—Tengo algo que decirte Pepi —me interrumpió.

—Ayayai, yo también, y es heavy.

—Bueno, qué va. Tú primero.

—El Español era terrorista —susurré sin más, mirando a mi alrededor para comprobar que no había nadie parando la oreja.

Ibizo abrió la boca y palideció en dos segundos. Conté los granitos de arroz que tenía en la lengua.

—¡¿Qué?! ¡¿Estás de coña?!

—No estoy webeando, mira —abrí mi bolso y le tendí los recortes del diario.

—¿Quién te ha dicho esto? —Preguntó con la vista fija en el texto—¿Cómo lo has averiguado?

—Blondie me lo dijo.

—Ay madre mía —soltó cuando terminó de leer—. Pepi, siempre pensé que el tío tenía mal rollo, pero de ahí al terrorismo hay un trecho enorme. Te pasarías de idiota si no te alejas de él.

—Sí, lo sé, se me revuelve la guata. Pero quiero darle la oportunidad de explicarse, aunque me da miedo eso. Estoy enamorada de él po, ¿qué más puedo hacer?

Ibizo se agarró la cabeza con las manos y me miró como si yo fuera tonta.

—Pepa, de explicaciones nada. No seas gilipollas. Aunque el tío estuviese curado de su estupidez, no puedes arriesgarte.

—Pero no me ha hecho nada malo…

—¿Y vas a esperar a que lo haga? ¡No seas sonsa, joder!

—Solo quiero enfrentarlo, y que me diga de su propia boca qué onda. He pasado por muchas cosas, durante muchos años para esto. Lo mínimo es saber su versión, quizá todo ha sido un mal entendido.

Ibizo miró hacia arriba como si estuviera pidiéndole paciencia al cielo.

—Está bien —dijo—. Tengo una idea.

***

—¿Estás segura que es por acá? —me preguntó el Español mientras manejaba.

—Sí. El restorán es buenísimo.

Habían pasado unos días desde que había hablado con Ibizo. En ese tiempo nos dedicamos a arrojar teorías y a hacer calzar cosas, como el yeso en los billetes y su desaparición de dos semanas. Investigamos mucho, hablamos incluso con su jefe en la joyería y aunque intenté contactar con la chabacana, por toda respuesta me mandó una foto de la Paty Maldonado. No entendí qué quiso decir con eso.

Finalmente había decidido enfrentar al Español, pero no iba a hacerlo así sin más. Ibizo iba a estar cerca, por si ocurría algo.

Me senté frente al Español en la mesa y pude ver de reojo como un poco más allá, en la esquina, estaba Ibizo parado con un gorro y unos lentes. Me sentía como en una película gringa, con el corazón latiendo a full. No será musho, pensé.

—Tengo algo que decirte —le anuncié. Había decidido no seguir dando vueltas y decirle todo de una.

—Dime —respondió distraído sin levantar la vista del menú.

—Estuviste vinculado al… terrorismo.

Lo vi todo como en cámara lenta. Sus manos, que aún sostenían el menú, se tensaron. Los nudillos se le pusieron blancos y su expresión me atravesó de lleno. Su cara entera era angustia pura.

—¿Quién te ha dicho eso? ¿Ha sido Javiera? Porque si ha sido ella ya sabes que no tienes que creerle na-

—Encontré esto —lo interrumpí mostrándole los recortes del diario.

Miró unos segundos el papel antes de que su cara admitiera la derrota ante tal irrefutable prueba.

—Uno no encuentra estas cosas así sin más. Estoy limpio. Puedes buscar en internet sobre esto y no encontrarás nada. Alguien ha tenido que decírtelo —el Español sonaba desesperado. Me dio un poco de susto.

—Español, esa noticia no dice todo, y son solo conjeturas.

—Por eso has estado tan extraña estos últimos días…

—Yo quiero que me digas la verdad y nada más que la verdad. De tu boca —mi voz sonaba firme aunque por dentro estaba cagá de miedo y cagá de amor por ese europeo que tenía sentado al frente.

La angustia había consumido toda la expresión del Español. Estaba desesperado. Sus manos estaban blancas de tanto apretar la mesa, y pegaba miradas furtivas alrededor, como si fuera un animal al que hubiera cazado.

—Bueno, tienes que entender que esa noticia fue redactada por periodistas gilipollas, yo jamás he sido terrorista.

—¿Entonces…?

—Yo… ayudé de cierta forma, a ciertas personas, sobre ciertos temas, pero yo no sabía qué pasaba detrás. ¿Tú crees que estaría acá? ¡Me estaría pudriendo en la cárcel, coño!

Levantó la voz y unas cuantas personas que estaban alrededor lo miraron. Recuperó la compostura inmediatamente.

—Pero estuviste en la cárcel. Ahí lo dice —indiqué los recortes del diario con un gesto de mis ojos—. ¿Seis meses? ¿Y por qué te dejaron salir?

—¿Podemos ir a hablar este asunto a otro lugar?

—No, acá estamos bien —dije suavizando la voz—. Tranquilo, no te estoy juzgando. Solo quiero saber la verdad. Además nadie nos está prestando atención.

—Delaté a algunos. Y eso me ha traído mal rollo —masculló.

—No me calza. Cuando fuiste a chile con Javiera, ¿fue antes o después de todo esto? Fue después, ¿no? ¿cómo no tuviste problemas al salir del país?

—Pues porque ya estaba limpio, igual que ahora. Escucha, Pepa, ¡perdóname! Es un pasado que no me enorgullece, es una mierda, y he cargado con eso. No he querido decírtelo porque sabía que no querrías nada conmigo. Pero créeme, pensaba decírtelo en algún momento.

—¿Cuándo? ¿Cuándo estuviéramos los dos en Chile?

—¡Joder Pepa, no sé, no sé! Tú también me has mentido, ninguno de los dos acá está libre de pecados, ¿no te parece?

—Sí, pero entre mandar las fotos de tu amiga porque te encontrai fea a haberte metido en weás tan turbias y haber ayudado a hacer explosivos hay un trecho gigantesco. Es cuático, es muy cuático, perdóname pero todo esto me tiene mal. Además mentiste hasta con la edad. ¡Tenís treinta, no veintisiete!

—Era joven, era imbécil, por lo mismo te mentí con mi edad. Creí que pensarías que era muy viejo para ti, cuando te conocí en el chat. Y bueno, cuando largas una mentira debes estirarla como goma de mascar, lo que más puedas, o se derrumba todo. No quería que dejaras de amarme por errores del pasado.

—Javiera sabía esto, ¿no?

—Sí —masculló lacónicamente.

—¿Le contaste tú?

—Mmm digamos que sí.

—O sea que eso es lo que quería decirme después de enterrar a Copita. Esa vez que desapareciste dos semanas. ¿Por qué te fuiste dos semanas? ¿De verdad fuiste a Barcelona?

—¡Claro que sí! Tenía asuntos que resolver con mis padres.

—La otra vez dijiste que habías ido a visitar amigos —le recordé. Su cara se volvió a turbar un instante en que pareció casi imperceptible.

—También los visité.

Estirar la mentira como goma de mascar. Como lo estaba haciendo en ese momento. Igual que un chicle pegao en el zapato.

—No quiero sonar dura contigo —dije con la voz más suave y arcoíris que pude—, pero sé que tus papás murieron. Lo averigüé estos días. Tu papá trabajaba en canteras también y viajaste a Aragón, ¿cierto? Así aprendiste sobre explosivos.

—¡¿Cómo sabes eso?!

—Tengo mis habilidades de tanto ver Sherlock —me dio paja decirle que con Ibizo habíamos sapeado un registro de defunciones.

—No sé qué decir…

—Tampoco eres ingeniero industrial —lo dije rapidito para que no sonara tan duro.

—Eres toda una detective —el Español no se atrevía a mirarme a los ojos—. ¿Cómo has sabido eso?

—Porque no sabías lo que era una derivada una vez que te empecé a hablar de cálculo, y porque he averiguado en la universidad a la que me dijiste que fuiste. Mi teoría es que —continué— tienes amigos en las canteras aún, facilitaste planos, y te pagaron millones, los mismos millones con los que limpiaste tu nombre, saliste libre y vives una vida de lujo. Lujo muy pencamente enmascarado en un trabajo como vendedor de joyas. Sigues en contacto con ellos y sigues haciendo weás turbias, porque sigues recibiendo plata. Recibiendo plata con yeso que no te das la paja de limpiar.

“Y si saliste porque delataste a unos pero sigues en contacto con otros, no quiero ni imaginar lo cagao que tenís que estar” pensé.

—¡Pero de eso ya nada, Pepi! ¡Por eso quiero irme contigo a Chile!

“Para escapar” pensé otra vez. Me gusta pensar entre comillas.

—Ya lo sabes todo, no negaré nada, pero tampoco pretendo seguir reviviendo el pasado —dijo el Español endureciendo la mirada—.¿Me aceptas así, tal cual soy? Nadie es perfecto Pepi, nadie. Nadie excepto tú.

Suspiré largamente para ganar tiempo, porque no sabía qué decir. Su última frase me había enamorado un poquito más, inclinando la balanza una vez más hacia arriba.

Ahí estaban sus dos ojitos grises que tantas veces había mirado. Su cara de guagua que aparentaba menos edad de la que realmente tenía. Su pelo ondulado y brillante, su barba de hace un par de días. Todo era confuso, todo era un revoltijo de emociones.

De reojo pude ver la silueta de Ibizo en la esquina, unos cuantos metros por detrás de la espalda del Español. Me miraba fijamente y mi corazón se aceleró. No tenía puta idea de qué hacer en ese momento.

—Y bien, Pepi, ahora que sabes todo de mí y no hay secretos entre nosotros, quiero que me respondas una cosa —el Español me tomó ambas manos y las guardó entre las suyas— ¿Te casarías conmigo?

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