Capítulo 30

—¡Obvio que me caso contigo! —respondí.

Pensé “total si la Javiera pudo perdonarlo, yo también puedo”.

Mi vestido blanco radiante fue espectacular en el matrimonio. Todos me miraban e incluso estaba la chabacana entre los invitados. Ibizo fue el padrino obviamente y los contactos turbios del Español se rajaron con la tremenda fiesta.

Así fue como nos casamos y vivimos felices nuestros últimos días en España con el Español.

No, mentira.

En realidad quedé en shock hipovolémico y casi me da una diarrea osmótica por el impacto. Muchos impactos en muy poco tiempo. Mi cuerpo no resistiría tantos shocks durante mucho tiempo más.

—¿Qué? ¡Ni siquiera te he dicho si te perdono haberme mentido a ese nivel! —respondí enojotraumatizada.

—Dejemos toda esta mierda atrás y empecemos de cero en Chile. Buscaré un trabajo normal, ¡te lo juro! Todo será diferente. Solo dime que sí.

—No sé, tengo que pensarlo —dije suavizando la voz—. ¿Me juras que no volverás a tener nada que ver con esa gente rara?

—Te lo juro Pepa. Allá en chile será una vida nueva —me sonrió con sonrisa sincera y ojitos de pena.

—Es muy sorpresivo esto —dije acongojada—, qué onda, tengo que procesar todo primero… ¿Cómo me pedís algo así después de la conversación que tuvimos?

—Pepa hazlo, piénsalo todo lo que quieras, pero no me dejes —suplicó.

—Bueno.

—¿Me dejarás?

—No —sanjé lacónicamente.

Seguimos comiendo y poco a poco su voz dejó de lado el nerviosismo y empezó a hablarme como si nada hubiera ocurrido. Yo, que siempre he sido buena para comer, con raja podía meter un par de papitas duquesa en mi boca. No podía ni tragar. Estaba verde por enviarle un Whatsapp al Ibizo, que seguía en la esquina con los brazos cruzados y mirando atentamente, pero cada vez que yo sacaba el teléfono, el Español me quedaba mirando y yo no hacía más que ver la hora y volver a guardarlo.

Al final, cuando terminamos de comer y el Español pagaba la cuenta con billetes sin yeso, me escabullí al baño y tipeé rapidito “ándate no más Ibizo, está todo bajo control, después te cuento”. Luego me hice la loca y entré al auto como si nada… ¿me estaba acaso metiendo en el auto del enemigo?

—Me conoces Pepi —me dijo el Español mientras iba manejando de vuelta al departamento—, sabes que no soy una mala persona.

—Lo sé, pero dame tiempo. Esto es súper raro.

—Todo el tiempo que haga falta —con el dorso de su mano me tocó la cara y se me estrujó la guata de paso.

***

Los últimos días en España fueron más raros que el principio. Aproveché de comer todo el pan de pipas que pude y me vestía un poco más ligera de ropa para sentir frío, porque tenía claro que en Córdoba me iba a recagar de calor.

Había vuelto a ser natural con el Español. Tiraba chistes y tallas para distender el ambiente, porque él estaba constantemente con cara de que yo me arrancaría en cualquier momento. No quería que pensara eso.

—¡Oye, tráeme un cable USB porfa! —le dije al día siguiente mientras pasaba el trapero por el piso, haciendo aseo— Bajé música en mi celu y quiero ponerla a todo chancho.

El Español, que andaba de short, chalas y una musculosa limpiando el wáter de rodillas, me trajo un cable y conecté mi celular a los parlantes. Había descargado una canción especialmente para esa ocasión.

«Sensual, un movimiento sensual

Sensual, un movimiento muy sexy

Sexy, un movimiento muy sexy

Sexy

Y aquí se viene Azul Azul con este baile

Que es una…»

—¡BOMBA! Para bailar esto es una ¡bomba! Para gozar esto es una ¡bomba! Para menear esto es una ¡bomba! —usé el escobillón de micrófono mientras cantaba y hacía movimientos sexys con la gracia y femineidad de un hipopótamo.

El Español se puso rojo mirándome con la boca abierta.

—¿Por qué haces tanto énfasis en la palabra bomba? —me preguntó con cara rara.

—Porque… para menear esto es una ¡BOMBA! Y las mujeres lo bailan así, así, así una mano en la cabeeeza —seguí bailando y el cachó la indirecta, bufó y entró al wáter y siguió limpiando.

Al otro día aproveché una de sus salidas misteriosas y me junté con el Ibizo.

—¿Qué es esa mierda que me dijiste por Whatsapp? ¿Cómo es eso de que te ha pedido matrimonio? —me preguntó frunciendo el ceño.

—Me dijo que me case con él y que nos vayamos a chile y empecemos de cero.

—¿Estás de coña? —Ibizo impactado— Le has dicho que no, por supuesto, no creo que seas tan tonta.

—Me dio miedo decirle que no, así que le dije que lo iba a pensar —respondí con un dejo de angustia.

Ibizo, una vez más, miró al cielo buscando paciencia.

—Pepa, ese tío está haciendo contigo lo mismo que hizo con Javiera. El cabrón solo quiere la residencia definitiva para huir de acá. Es un manipulador de mierda.

—Lo sé Ibizo, no soy tan weona. Por eso me siento mal. Yo lo quería, lo amaba, mucho, y ahora ya no estoy segura de que siento respecto a él. Lo único que siento y tengo claro es miedo y decepción.

Los ojos pardos de Ibizo me atravesaron como bengalas cuando me miró y me dijo:

—No me importa si el tío quiere hacer estallar un ferrocarril, o Madrid entero, me importa que haga estallar algo mucho más importante: tu corazón.

Me quedé en silencio un rato sin saber bien qué decir, con el corazón palpitándome muy velozmente.

—A mi me preocupa más que haga explotar el avión si me arranco que mi corazón —dije al final, a modo de webeo—. Me quedan solo dos días acá pero quiero irme ahora mismo.

—¿Eso quiere decir que tienes claro que no te quedarás con él?

—No sé si tan claro, pero tengo miedo y eso no me gusta. Lo penca del Español, más incluso de sus vinculaciones terroristas, es que me haya ilusionado y me haya mentido.

—Sin confianza no hay amor, y si no confías en él entonces no lo amas. Y eso sin contar que te está usando para obtener nacionalidad —agregó Ibizo.

—De eso no estamos seguros.

—De eso yo sí estoy seguro.

—Quedo en las mismas. ¿Qué voy a hacer?

La cara de Ibizo se iluminó y casi pude ver la ampolleta flotando sobre su cabeza.

—¿Él sabe exactamente cuando viajas?

—No, no le he dado detalles sobre mi vuelo.

—¿Y te vas por la mañana o por la tarde?

—A primera hora.

—Bueno, pues últimamente estas de suerte porque se me acaba de ocurrir una forma en que no tengas que enfrentarlo, estés a salvo y termines con todo este rollo. Pero te lo diré solo si estás segura. Así que Pepi, dime, ¿estás segura que ya no quieres tener nada más con ese tío?

—No cien por ciento segura, pero lo suficientemente segura como para querer irme a la chucha.

—Entonces ahí vamos.

***

Esa noche tuve un sueño mega raro. Me vi entrando a la iglesia, con un vestido de novia cortísimo. Me sentía como las weas porque no me había depilado las piernas y me parecía a King Kong, así que caminaba muerta de vergüenza frente a mis invitados. Los miraba de reojo y veía que eran personajes de El Hobbit: ahí estaba Bilbo, Fili, Kili y hasta Legolas. Todos me miraban fijamente y yo solo podía pensar en mis pelos de las piernas.

Llegué al altar y ahí estaba Ibizo esperándome. Me miraba sonriente con un terno negro y una rosa blanca en su bolsillo. Fui bajando la vista por su atuendo y vi que hacia abajo estaba vestido con unos short y hawaianas con flores tropicales. Grité como Mi Pobre Angelito en mi sueño y entonces desperté.

Eran las cinco de la mañana y la alarma del celular sonaba bajito al lado de mi oreja. Inmediatamente recordé todo el plan y le mandé un Whatsapp a Ibizo.

«Ya desperté»

«Apúrate, yo estoy abajo»

Me levanté silenciosamente y empecé a vestirme. Intentaba no hacer ningún ruido, porque no quería despertar al Español, que estaba acostado en la pieza del lado.

El día anterior había planeado mi huida junto a Ibizo. Si no quería arriesgarme a conocer el lado B del Español y si estaba decidida a dejarlo atrás (a él y a su pasado/presente turbio), el único camino que podía seguir era irme de improviso.

Tenía mi maleta lista. La saqué al pasillo tomándola en el aire usando toda mi fuerza guarenil, porque pesaba mucho. Revisé mi bolso de mano: ahí estaba la carta que le había escrito a modo de despedida, explicándole los motivos de mi partida repentina y contándole algunas otras cosas. Pero no era eso lo que buscaba.

Seguí revolviendo en el fondo del bolso con desesperación y me di cuenta de que el salvoconducto que me habían dado en la embajada ya no estaba. Busqué por cada rincón y nada. Me metí a la maleta, a pesar de estar segurísima de que ahí no lo había dejado, y nada.

Empecé a caer en la desesperación. Sin el salvoconducto era imposible salir del país, ¿qué chucha iba a hacer?

«Ibizo estoy pal pico, no encuentro el salvoconducto»

Esperé unos minutos que parecieron eternos a que Ibizo se dignara a revisar Whatsapp. Después de un rato me llegó su mensaje.

«Lo escondió. Quizá sospechaba algo como esto. Búscalo rápido»

Bufé y salí como un fantasma de la pieza. Empecé a revisar cajón por cajón apretando los dientes, pero no encontraba nada. Cada vez que algo chirriaba o hacía algún ruido, contenía la respiración y paraba las orejas por si escuchaba sonidos provenientes de la pieza del Español… el lugar al que justamente no quería ir.

Cuando tuve que revisar el refrigerador me di cuenta de que no había más opción. El salvoconducto, si efectivamente había sido escondido por el Español, debía estar en su pieza, así que apreté cada músculo a ver si así hacía menos ruido y, conteniendo la respiración hasta casi ahogarme, abrí la puerta de su pieza y entré.

No me atreví a encender la luz. Escuchaba su respiración profunda y me di cuenta de que estaba dormido, pero alguien que dormía podía despertar. Si encendía la luz o hacía algún ruido fuerte, despertaría, y si eso pasaba no iba a tener otra oportunidad de arrancarme.

Usé mi celular para iluminar dentro de cada cajón. Revolvía con una lentitud desesperante mientras veía como llegaban y llegaban los Whatsapp de Ibizo. “Si sigo así voy a perder el vuelo y cagué” pensé, pero no había otra manera de apurarme.

Me di vuelta en la más profunda oscuridad y casi me caí de hocico cuando tropecé con un zapato del Español. Con el ruido se revolvió un poco, pero no despertó. Suspiré con algo de alivio y estiré la mano para abrir su mesita de noche, mientras miraba fijamente sus ojos apenas iluminados por la luz del celu, temiendo que los abriera así de pronto.

Lo abrí con éxito pero justo la luz de la pantalla se apagó. Apreté una tecla para encenderla y ahogué un gritito cuando vi ahí encima un revólver negro… y debajo mi salvoconducto.

Sentí como si la vida se detuviera. Podría jurar que hasta la sangre corrió más lento por mis venas. Si habían pasado cosas turbias o derechamente malas con esa pistola, yo no quería saberlo, nunca, y tampoco quería tener nada que ver con eso. Esa imagen sacó mis últimas ganas de tener algo con el Español.

Usé el celular para correr el revólver porque no quería mis huellas digitales en él. Tomé el salvoconducto y salí cascando de ahí, con el corazón desbocado como travesti sin carnet con los pacos detrás pa hacerle el control de sanidad. Yo cacho que así mismito se hubiera sentido uno.

Arreglé mis cosas, tiré la carta sobre una mesa, abrí la puerta y salí cagando. Cuando llegué abajo me esperaba Ibizo parado al lado de un taxi.

—Este tío me cobrará todo lo que llevo esperándote —me retó.

—Ay, estoy pal pico.

Le conté rápidamente lo ocurrido mientras nos subíamos al taxi. Luego seguimos un viaje silencioso hasta el aeropuerto de Madrid Barajas.

—¿Cuándo es tu vuelo? —le pregunté a Ibizo antes de meterme a la cola de LAN.

—Dentro de tres días. ¿Vas a sobrevivir ese tiempo o cuando llegue ya te habrán robado las maletas?

—Já, tengo más calle que tú —y no es chiste. Siempre viajo sola y soy toda una chica GPS.

—¿Crees que Español viaje a córdoba? Ni de coña pierde los pasajes, nadie pierde tanta pasta.

—Ojalá pierda la plata y no vaya, total no le cuesta ni un día de trabajo.

—Enterrar cadáveres en las canteras debe ser trabajoso —bromeó Ibizo.

—Con eso no se juega.

—Ok. Te extrañaré… por tres días.

Nos abrazamos con abrazo de oso y aspiré profundamente todo su olor a Black XS como si no quisiera olvidarlo jamás de los jamases. Luego nos separamos y nos quedamos mirando a los ojos, y me dieron unas cosquillas cuáticas en la guata. Su cara esbozaba una leve sonrisa que se iba desvaneciendo mientras su cara se acercaba a la mía. Sentí que tener los ojos abiertos había dejado de ser necesario. Los cerré.

—Último llamado a los pasajeros del vuelo 0303456…

—¡Conchesumadre, mi vuelo! —volví a la realidad y la cara de Ibizo se quedó a medio camino. Salí corriendo a ver si aún podía subir pero cuando iba a la mitad me acordé de algo.

—¡Oye Ibizo! —vociferé. La gente me miró— ¿Qué era lo que queríai decirme?

Ibizo sonrió a la distancia.

—¡Te lo diré en Córdoba!

Bufé y seguí corriendo y corrí y le chupliqué a los de LAN para poder abordar ese vuelo, ese esperado y retrasado vuelo que me haría cruzar el charco para volver a mis tierras americanas.

***

Me encanta ir en ventana en los aviones. Aunque tienes la desventaja de tener que esperar que se bajen los dos weones que van al lado tuyo, el placer de ir sapeando todo lo de afuera no tiene precio.

Quería ver el último amanecer en las Europas. No sabía cuándo chucha volvería a tener tanta plata como para mandarme un viaje así, con lo caros que son los pasajes. “Trabaja po weona de mierda floja, tenís el título universitario pa adornar la casa” dijo el lado mala leche de mi cerebro.

Cerré los ojos mientras la gente seguía entrando al avión y esbocé una sonrisa. A pesar de que había dejado mucho mucho atrás, un trozo de mi vida entero y a personas queridísimas (y otras no), saber que estaría más cerca de mi Chile querido me hacía sentir añoranza y una rara felicidad.

Diez años pasaron para que la historia acabara así. Por un largo tiempo creí en Disney y en que todos los sueños se hacían realidad, pero ahí sentada en un avión me di cuenta de que los sueños no son en realidad sueños. Los sueños son anhelos, son proyectos, son ideas, y está en uno lograrlos o no. Soy independiente, no necesito un hombre al lado para ser feliz. Mis sueños no se han derrumbado, porque mis sueños no dependen de nadie más que de mí. Y mientras yo siga en pie a pesar de todo lo malo que ocurra, todos esos sueños seguirán de pie conmigo.

No puedo decir que no hay que llorar o que no va a doler… siempre duele. A veces, duele tanto que pensamos que el dolor se llevará todo consigo. A veces duele tanto que no queremos seguir y no hay palabras ni pensamientos que ayuden, pero a pesar de todo el tiempo pasa igual, no podemos detener el reloj. Y por muy heavy que sea el dolor, el tiempo lo va apaciguando. Así es el amor: le damos al otro el poder para que nos ame… o para que nos dañe.

Me sentía muy rara ahí reflexionando. Dentro de nada dejaría atrás España y todas las aventuras que ahí me habían ocurrido. Recordé todos los carretes, los amigos, los paseos, los viajes y esbocé una sonrisa. “Volveré algún día —pensé—, volveré y Blondie me va a teñir el pelo rubio oxigenado como él, y le vamos a ir a tirar removedor de pintura al auto de la Colorina… y ahora soy feliz y seguiré siendo feliz siempre y cuando no se sienten personas tropicales con guagua a mi lado porque no me gusta que las guaguas lloren catorce horas de vuelo”.

Pensando eso justo se sentó alguien a mi lado. Seguí con los ojos cerrados por temor a que, si los abría, estaría el Español ahí mirándome… o apuntándome con una pistola.

Lentamente abrí los ojos para ver a mi compañero de asiento.

—¡Hola! —me dijo riéndose, mientras mi cara se descomponía. Prefería a cien guaguas caribeñas llorando en mis orejas a ese pelo medio rucio y acento caucásico pelolais ABC1— La weá loca, donde te vengo a pillar.

Era el Zorrón.

FIN

¿FIN?

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MUCHAS GRACIAS POR LEER 🙂

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